En las sierras cordobesas de Traslasierra, una mujer santafesina de 38 años encontró en el barro, la paja y doce parabrisas reciclados los materiales de una vida nueva. Mariana no huyó de la ciudad por impulso, sino después de más de una década de escucha interior que la llevó a construir, literalmente con sus manos, una tiny house en forma de corazón. Su historia pertenece a esa corriente silenciosa de personas que eligen la complejidad de lo simple sobre la simplicidad aparente de lo urbano.
Mariana construyó su tiny house con parabrisas y barro en las sierras cordobesas
Levantar una tiny house es el acto valiente de simplificar para florecer
¿Por qué crees que Mariana decidió contar su historia? ¿Qué la movió a hablar públicamente sobre esto?
Creo que no fue tanto una decisión de "contar" como de vivir de una manera que otros ven y preguntan. Cuando construís algo tan visible, tan diferente, la gente quiere saber cómo y por qué. Ella simplemente respondió.
Pero hay algo que no está claro en la nota: ¿cuánto tiempo llevó realmente el proceso? Dice año y medio, pero ¿eso incluye solo la construcción o también el diseño, los permisos, todo?
Eso es justo. La nota dice que hace tres años comenzó a construir, así que probablemente el año y medio es la construcción propiamente dicha. Pero tienes razón en que los detalles administrativos no aparecen.
¿Y los parabrisas? ¿Cómo es que alguien llega a la idea de usar parabrisas como ventanas?
Mariana estaba buscando materiales reciclados, eso era parte de su filosofía desde el principio. Los parabrisas en un remate eran baratos, abundantes, y funcionaban. Pero además, para ella era importante que la casa contara esa historia de reutilización.
Lo que me pregunto es: ¿funcionan bien como ventanas? ¿Aíslan del frío? ¿Se empaña? La nota no lo dice. Es un detalle romántico, pero ¿es práctico?
Eso es lo que la nota no responde, y probablemente sea importante para alguien que quiera replicar esto. Mariana habla del espíritu, no de la funcionalidad técnica.
¿Crees que su experiencia con la minga fue representativa? ¿O fue un caso particular?
Probablemente fue particular. Ella misma lo reconoce: esperaba veinte personas y vinieron dos. Eso sugiere que la minga no funciona igual en todos lados, o que la convocatoria fue limitada.
Y eso es importante porque cambia la narrativa. No es "la comunidad se juntó para construir", es "intenté hacer eso y no funcionó como esperaba". Eso es más honesto, pero también más solitario.
Sí, pero ella lo convierte en aprendizaje. No es una queja, es una lección sobre cómo celebrar lo que sí llega.
¿Qué te parece que falta en la historia?
Cómo vive ahora. ¿Es sustentable económicamente? ¿Trabaja? ¿Cómo se mantiene? La nota habla de filosofía pero no de realidad cotidiana.
Eso es verdad. Sabemos cómo construyó la casa, pero no cómo vive en ella.
El Pulso
- Después de más de diez años sintiéndose asfixiada por el ritmo urbano, Mariana tomó la decisión irreversible de abandonar Santa Fe y establecerse en el valle de Traslasierra.
- La construcción artesanal de su tiny house —barro, paja, madera y parabrisas de auto rescatados de un remate— desafió desde el inicio las convenciones de lo que una vivienda debe ser.
- Cuando convocó a veinte personas para una minga comunitaria, solo dos aparecieron, obligándola a replantear su relación con el esfuerzo, la expectativa y el ritmo propio del proyecto.
- Aprendió a pausar, a decir que no y a negarse a que su casa naciera desde el agotamiento, convirtiendo esa decisión en parte central de su filosofía de vida.
- Hoy habita una estructura de dos hexágonos unidos que, vista desde arriba, dibuja un corazón, y su experiencia se suma a una tendencia creciente de argentinos que eligen vivir en sintonía con la naturaleza.
En las sierras cordobesas de Traslasierra, una mujer santafesina de 38 años encontró en el barro, la paja y doce parabrisas reciclados los materiales de una vida nueva. Mariana no huyó de la ciudad por impulso, sino después de más de una década de escucha interior que la llevó a construir, literalmente con sus manos, una tiny house en forma de corazón. Su historia pertenece a esa corriente silenciosa de personas que eligen la complejidad de lo simple sobre la simplicidad aparente de lo urbano.
Mariana pasó más de una década pensando en escapar del ritmo urbano antes de actuar. Santafesina de origen, primero probó en Uruguay, un experimento que confirmó lo que ya intuía: necesitaba otro compás, marcado por los ciclos naturales y no por las urgencias del asfalto. Hace cinco años llegó al valle de Traslasierra, en las sierras cordobesas, con la intención de quedarse.
Hace tres años, ese arraigo se volvió concreto: decidió construir su propia casa. No sería una vivienda convencional. Después de vivir en un motorhome, sabía exactamente qué necesitaba —un espacio para comer, dormir y un baño— y nada más. La llamó "el acto valiente de simplificar para florecer".
Trabajó con barro, paja y madera. La estructura tomó la forma de dos hexágonos unidos que, vistos desde arriba, dibujan un corazón. Para las ventanas, encontró doce parabrisas de automóvil en un remate: piezas descartadas que, instaladas sobre las paredes de barro, dejaban entrar la luz y encarnaban el espíritu de toda la vivienda.
El proceso duró año y medio y no estuvo exento de tropiezos. Cuando convocó a veinte personas para una minga comunitaria, solo dos se presentaron. Esa realidad le enseñó a celebrar cada avance y a hacer pausas cuando el cansancio amenazaba con convertir el proyecto en sacrificio. "Yo no quiero que esta casita nazca desde el sacrificio", insistió.
Hoy, viviendo entre barro y luz filtrada por parabrisas reciclados, Mariana describe una conexión profunda con lo que siente y lo que hace. Su historia no es extraordinaria por ser única, sino por ser real: una mujer que escuchó lo que necesitaba y tuvo el coraje de construirlo con sus propias manos.
Mariana tenía treinta y ocho años cuando decidió que la ciudad ya no era su lugar. Santafesina de origen, pasó más de una década pensando en cómo escapar del ritmo urbano antes de finalmente actuar. Primero probó en Uruguay, un experimento que le confirmó lo que ya sospechaba: su vida necesitaba otro compás, uno marcado por los ciclos de la naturaleza y no por las urgencias del asfalto. "La ciudad me agobió, no era donde quería vivir", explicaría después. Hace cinco años llegó al valle de Traslasierra, en las sierras cordobesas, con la intención de quedarse.
Lo que comenzó como una búsqueda personal se convirtió en un proyecto concreto hace tres años, cuando Mariana decidió construir su propia casa. No sería una vivienda convencional. Imaginó algo pequeño, funcional, que reflejara su nueva filosofía: una tiny house que fuera, en sus palabras, "el acto valiente de simplificar para florecer". Después de vivir en un motorhome, sabía exactamente qué necesitaba: un espacio para comer, para dormir, un baño, y sobre todo, algo que se sintiera acogedor y hermoso. Nada más.
La construcción fue enteramente artesanal. Mariana trabajó con barro, paja y madera, materiales que la tierra misma le ofrecía. La estructura final tomó una forma particular: dos hexágonos unidos que, vistos desde arriba, dibujan un corazón. Fue una decisión estética y simbólica, una manera de anclar su intención en la geometría de la casa. Para las ventanas, encontró doce parabrisas de automóvil en un remate, piezas que otros habían descartado. Los instaló sobre las paredes de barro, permitiendo que la luz entrara directamente. Este detalle no era menor para ella: los parabrisas reciclados encarnaban el espíritu de la vivienda que siempre había querido, una que dialogara con lo que ya existía en lugar de exigir lo nuevo.
El proceso de construcción duró año y medio, pero no fue un camino de sacrificio constante. Mariana utilizó la minga, una práctica comunitaria de trabajo colaborativo común en la región. Convocó a veinte personas esperando que muchas vinieran; solo dos se presentaron. Esa realidad le enseñó a trabajar de otra manera, a celebrar cada avance, a entender que el esfuerzo compartido no siempre llega como uno lo imagina. Aprendió también a decir que no, a hacer pausas cuando el cansancio físico y la gestión amenazaban con convertir el proyecto en un sacrificio excesivo. "Yo no quiero que esta casita nazca desde el sacrificio", insistió. Para ella, las cosas genuinas no se construyen desde el agotamiento.
Ahora, viviendo en su casa de parabrisas y barro, Mariana describe una conexión profunda con lo que siente y lo que hace. "Estoy aprendiendo a ir, por eso que me implique menos energía y más liviandad", dice. Su experiencia no es única en Argentina. Cada vez más personas abandonan las ciudades en busca de ritmos más lentos, de vidas tejidas con la naturaleza en lugar de contra ella. Mariana se convirtió en un ejemplo de esa tendencia, no porque su historia sea extraordinaria, sino porque es real: una mujer que escuchó lo que su cuerpo le pedía y tuvo el coraje de construir una respuesta con sus propias manos.
Citas Notables
La ciudad me agobió, no era donde quería vivir— Mariana, explicando su decisión de abandonar la vida urbana
Yo no quiero que esta casita nazca desde el sacrificio... realmente creo que las cosas no se consiguen así— Mariana, sobre su enfoque hacia la construcción de la vivienda