Makary cuestiona décadas de recomendaciones sobre colesterol: la inflamación, no las grasas, causa mortalidad

La inflamación, no el colesterol, determina las obstrucciones arteriales
Makary argumenta que décadas de recomendaciones sobre grasas se basaron en una teoría incompleta.
Mark

¿Por qué Makary cuestiona ahora algo que la medicina ha aceptado durante tanto tiempo?

Mimi

Porque los datos nunca apoyaron realmente la teoría. Los grandes estudios de cohorte mostraron que las dietas bajas en grasas no reducían la mortalidad. Pero la recomendación ya estaba institucionalizada.

Luke

Espera. ¿Makary tiene datos nuevos, o está reinterpretando datos antiguos? Porque hay una diferencia entre "los estudios no probaron esto" y "los estudios probaron lo opuesto".

Mimi

Buena pregunta. Los estudios mostraron que cuando la gente eliminaba grasas, a menudo las reemplazaba con carbohidratos refinados, lo que aumentaba la obesidad. Eso es lo opuesto a lo que se esperaba.

Mark

Entonces, ¿el problema no era la grasa, sino lo que la gente comía en su lugar?

Mimi

Exactamente. Y ahora Makary dice que el verdadero culpable es la inflamación, no el colesterol.

Luke

¿Pero tiene pruebas de que la inflamación es el factor determinante? ¿O es otra teoría que todavía necesita validación?

Mimi

Es una observación clínica sólida: algunos pacientes con colesterol alto no tienen obstrucciones, otros con colesterol bajo sí las tienen. Eso sugiere que el colesterol no es la historia completa.

Mark

¿Y esos compuestos que menciona, LPa y ApoB, son mejores predictores?

Mimi

Según Makary, sí. Pero eso también necesitaría confirmación en estudios más amplios.

Luke

Entonces estamos en un momento donde la vieja teoría está cuestionada, pero la nueva teoría aún no está completamente establecida.

Mimi

Sí. Lo que es claro es que simplemente evitar grasas no ha funcionado como se prometió.

Mark

¿Qué debería hacer alguien que lee esto? ¿Ignorar a su médico?

Mimi

No. Pero quizá hacer preguntas sobre qué se está midiendo realmente y por qué.

  • Un cirujano de Johns Hopkins desafía públicamente el consenso médico de setenta años, afirmando que las recomendaciones sobre colesterol y grasas carecieron desde el inicio de evidencia sólida.
  • La teoría original del fisiólogo Ancel Keys, adoptada por la Asociación Americana del Corazón en los años sesenta, impulsó décadas de dietas bajas en grasas que fueron compensadas con azúcares refinados, agravando la obesidad.
  • Grandes estudios de cohorte —Framingham, Minnesota, la Iniciativa de Salud de las Mujeres— no lograron demostrar que las dietas bajas en grasas redujeran la mortalidad cardiovascular, contradiciendo la narrativa dominante.
  • La cardiología moderna revela una paradoja inquietante: pacientes con colesterol alto sin obstrucciones arteriales, y pacientes con colesterol bajo con bloqueos graves.
  • Makary propone redirigir la atención hacia la inflamación sistémica y hacia marcadores como LPa y ApoB, considerados indicadores más precisos del riesgo cardiovascular real.
  • El debate no concluye en prohibir las grasas ni en ignorarlas, sino en comprender qué procesos inflamatorios determinan verdaderamente la salud arterial de cada persona.

Durante setenta años, millones de personas en Occidente modificaron su alimentación siguiendo una teoría que, según el cirujano Marty Makary de la Universidad Johns Hopkins, se construyó sobre evidencias frágiles. Makary argumenta que no es el colesterol en sí el responsable de las enfermedades coronarias, sino la inflamación arterial, un proceso silencioso que los análisis tradicionales de sangre apenas rozan. Su cuestionamiento no es una provocación aislada, sino el eco de décadas de estudios que nunca confirmaron lo que la medicina oficial prometía: que evitar las grasas salvaría vidas.

Cuando el tío Sam de Marty Makary emigró de Egipto a Estados Unidos en los años setenta, su médico le prohibió el desayuno que había comido toda su vida: dos huevos, pan, tomate y queso. La razón era una teoría que llevaba dos décadas dominando la medicina occidental. Hoy, con noventa años y viviendo en Florida, Sam ha vuelto a sus huevos. Y su sobrino, cirujano y profesor en Johns Hopkins, ha escrito un libro para explicar por qué aquella prohibición nunca tuvo bases sólidas.

En los años cincuenta, el fisiólogo Ancel Keys propuso que el colesterol alimentario causaba enfermedades del corazón. La teoría fue adoptada por la Asociación Americana del Corazón y se convirtió en dogma. Pero las pruebas eran endebles. El médico británico John Yudkin advirtió en 1974, en The Lancet, que la industria alimentaria estaba sustituyendo las grasas eliminadas por azúcares refinados. Fue ignorado. Lo que vino después le dio la razón: una pandemia de obesidad que Occidente aún no ha resuelto.

Los grandes estudios que debían confirmar la teoría no lo hicieron. El Estudio de Framingham, el de Minnesota y la Iniciativa de Salud de las Mujeres mostraron que las dietas bajas en grasas no reducían la mortalidad cardiovascular. Mientras tanto, los cardiólogos que podían observar directamente las arterias de sus pacientes encontraban algo desconcertante: el colesterol alto no siempre implicaba obstrucciones, y el colesterol bajo no siempre las evitaba.

Makary ofrece una explicación alternativa: el verdadero culpable es la inflamación sistémica, no el colesterol. Es la inflamación la que permite que las lipoproteínas se acumulen en las paredes arteriales. Dos marcadores —la lipoproteína A y la apolipoproteína B— serían indicadores más fiables del riesgo cardiovascular que los clásicos valores de colesterol bueno y malo.

Su postura no es una invitación a comer sin medida. El tío Sam desayuna sus huevos tras hacer ejercicio y con moderación. Makary reconoce que hay contextos clínicos en los que restringir las grasas tiene sentido. Pero para la población general, sostiene, los datos no respaldan setenta años de restricciones. La pregunta que propone ya no es cuánto colesterol circula en la sangre, sino cuánta inflamación silenciosa está dañando las arterias.

Probablemente usted se ha sometido a un análisis de sangre en el que le midieron el colesterol. Quizá su médico le recomendó reducir las grasas. Esta práctica es casi universal en la medicina occidental, pero un cirujano de la Universidad Johns Hopkins está cuestionando los cimientos sobre los que descansa.

Marty Makary, profesor de medicina y autor, sostiene que las recomendaciones que hemos seguido durante décadas contienen un error fundamental. Su argumento no es que el colesterol sea irrelevante, sino que hemos estado mirando al culpable equivocado. En su último libro, cuenta la historia de su tío Sam, un hombre de noventa años que vive en Florida. Cuando Sam emigró de Egipto en los años setenta, su nuevo médico estadounidense le prohibió su desayuno favorito: dos huevos con pan, tomate y queso. La razón era una teoría que había dominado la medicina durante dos décadas.

En los años cincuenta, el fisiólogo Ancel Keys propuso que el colesterol en los alimentos causaba enfermedades del corazón. La teoría ganó autoridad en los sesenta, cuando Keys se convirtió en la principal voz sobre nutrición y riesgo cardiovascular. La recién fundada Asociación Americana del Corazón adoptó su recomendación: evitar las grasas saturadas. Pero las pruebas eran débiles. En 1974, el médico británico John Yudkin advirtió en The Lancet que la industria alimentaria estaba compensando la pérdida de sabor al eliminar grasas añadiendo más azúcares refinados. "El remedio no puede ser peor que la enfermedad", escribió. Yudkin fue ignorado, pero tenía razón sobre lo que vendría.

A partir de los años ochenta, Occidente enfrentó lo que ahora se llama una pandemia de obesidad. Los grandes estudios de cohorte—el Estudio de Minnesota, el Estudio Framingham, la Iniciativa de Salud de las Mujeres—no encontraron lo que la teoría predecía. Las dietas bajas en grasas no reducían la mortalidad cardiovascular. De hecho, mostraban lo opuesto: quienes consumían más carbohidratos refinados enfrentaban mayores riesgos. Mientras tanto, la cardiología avanzaba. Los médicos podían ahora ver directamente las arterias coronarias de sus pacientes. Descubrieron algo que no encajaba en la narrativa: algunos pacientes con colesterol alto no tenían obstrucciones, mientras que otros con colesterol bajo tenían bloqueos graves.

Makary propone una explicación diferente. Las enfermedades coronarias no son principalmente causadas por el colesterol alto, sino por la inflamación general del cuerpo. Es la inflamación la que permite que las lipoproteínas se depositen en las arterias. Dos compuestos en particular—la lipoproteína A (LPa) y la apolipoproteína B (ApoB)—son probablemente mejores indicadores del riesgo que los números tradicionales de colesterol bueno y malo.

Esto no significa que Makary defienda comer grasas sin límite. Su tío Sam ha vuelto a desayunar sus dos huevos diarios, pero lo hace después de hacer ejercicio por la mañana y acompañado de una bebida ligera. Las raciones excesivas de alimentos ricos en grasas pueden alterar los niveles de colesterol malo en los análisis, y hay situaciones en las que un médico puede justificadamente desaconsejar una dieta alta en grasas. Pero para la población general, dice Makary, los grandes estudios no han demostrado que evitar el colesterol de los alimentos y las grasas saturadas aumente la longevidad.

Lo que importa, según su análisis, es reducir la inflamación. Eso requiere un enfoque diferente al que hemos seguido durante setenta años. No se trata simplemente de cambiar qué comemos, sino de entender por qué comemos lo que comemos y qué efecto real tiene en nuestro cuerpo. La pregunta ya no es cuánto colesterol tiene su sangre, sino cuánta inflamación hay en sus arterias.

El remedio no puede ser peor que la enfermedad
— John Yudkin, médico británico, en The Lancet (1974)
Para la población general, en varios de los grandes estudios no se ha demostrado que evitar el colesterol de los alimentos y las grasas saturadas aumente la longevidad
— Marty Makary
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