En el escenario más visible de la diplomacia global, Emmanuel Macron eligió no callar ante el desgaste del orden internacional. Desde la tribuna de la Asamblea General de la ONU, el presidente francés advirtió que resignarse al fracaso diplomático —especialmente frente a la crisis de Gaza— equivale a abrir la puerta a un mundo gobernado por la fuerza bruta. Su intervención no fue una defensa ciega de una institución perfecta, sino un llamado a sostener la idea de que los problemas compartidos exigen respuestas compartidas.