En los márgenes de la Asamblea General de Naciones Unidas, dos figuras históricamente críticas del orden económico global —el presidente brasileño Lula y el senador estadounidense Bernie Sanders— se reunieron en Nueva York para trazar, en voz alta, las preguntas que el mundo evita: ¿quién gobierna la tecnología que lo transforma todo, y en beneficio de quién? El encuentro no produjo tratados ni declaraciones formales, pero sí algo más duradero: la confirmación de que ciertas inquietudes sobre desigualdad, militarismo y democracia trascienden fronteras y partidos.