En un mundo donde el comercio se ha convertido en campo de batalla diplomático, los presidentes de Brasil y Estados Unidos sostuvieron una conversación de ochenta minutos que fue, al mismo tiempo, un duelo de argumentos y una búsqueda compartida de entendimiento. Lula rechazó con firmeza cada una de las acusaciones que Washington había esgrimido para justificar nuevos aranceles —deforestación, corrupción, trabajo forzoso— mientras ambos líderes reconocían, implícitamente, que la interdependencia entre sus naciones exige diálogo antes que ruptura. La llamada no resolvió nada, pero mantuvo abier