Brasil ha vuelto a poner en manos de Lula da Silva la conducción de su democracia, en una victoria que pocos daban por segura y que llega con la sensación de que una etapa histórica se acerca a su final. Lula gana por apenas dos puntos, remontando lo que parecía una desventaja insalvable, pero el país que recibirá el 5 de enero ya no es el de sus primeros años. Entre una clase media baja que se siente olvidada, un relato político que ha perdido fuerza y un Congreso que no le pertenece, su cuarto mandato se parece más a una pregunta sobre quién vendrá después que a una simple continuidad.
Lula gana, pero el Brasil que lo hizo imbatible ya no existe
El día después de Lula ha empezado con Lula todavía en el poder
Lula ganó, ¿por qué el titular habla de un Brasil que ya no existe?
Porque la victoria fue por 51,77% a 48,23% y remontó casi dos puntos. Ganó, pero el electorado al que sirvieron sus gobiernos ya no se ve reflejado en él.
La escena de la feria de Ipanema parece central.
Sí. Saulo, florista bolsonarista de la Rocinha, dice que Lula nunca le dio dinero y que trabaja desde las cuatro de la mañana. No quiere ayudas; quiere prosperar y pagar las cuentas.
Ojo: es una escena, no un dato. Habla de un votante, no de cuántos piensan así.
Cierto. El texto la usa como resumen del problema y la apoya con la clase C, que gana unos 3.200 reales.
¿Y el relato de Lula?
Sigue siendo valioso, pero ya no moviliza como antes. Y el PT depende de un solo hombre, sin sucesor que haya cuajado.
Esa lectura viene sobre todo de un veterano del PT que no quiso identificarse. Es una voz informada, pero anónima y una sola.
¿Qué le espera en enero?
Crecimiento previsto del 1,3% en 2027, deuda cerca del 83% del PIB, un Congreso adverso y un Supremo debilitado.
Y cuánto movilizará el bolsonarismo en la calle sigue siendo una probabilidad, no un hecho.
El Pulso
- Lula vence por un margen mínimo de 51,77% frente a 48,23%, tras remontar casi dos puntos desde la primera vuelta.
- La clase C, que se siente más esforzada que beneficiada, responde al discurso de Flávio Bolsonaro y pone en tensión las viejas fórmulas de la izquierda.
- El Congreso sin mayoría de izquierda y la deuda cercana al 83% del PIB obligan a elegir entre cumplir promesas de gasto y corregir el rumbo.
- Un Supremo debilitado por escándalos y un bolsonarismo reforzado en las legislativas aumentan el riesgo de movilización en la calle, mientras el PT sigue sin heredero claro.
Brasil ha vuelto a poner en manos de Lula da Silva la conducción de su democracia, en una victoria que pocos daban por segura y que llega con la sensación de que una etapa histórica se acerca a su final. Lula gana por apenas dos puntos, remontando lo que parecía una desventaja insalvable, pero el país que recibirá el 5 de enero ya no es el de sus primeros años. Entre una clase media baja que se siente olvidada, un relato político que ha perdido fuerza y un Congreso que no le pertenece, su cuarto mandato se parece más a una pregunta sobre quién vendrá después que a una simple continuidad.
Un grupo de mujeres mayores con pegatinas de Lula se planta en una feria de Ipanema, en Río de Janeiro, y reprocha a un vendedor de flores su voto a Bolsonaro. Él responde que Lula nunca le ha dado dinero y que trabaja desde las cuatro de la mañana. La escena resume la fractura que hereda Lula: una parte del Brasil que sus gobiernos priorizaron ya no se reconoce en él y quiere prosperar por sus propios medios.
Lula gana con el 51,77% de los votos frente a Flávio Bolsonaro, en una de las elecciones más reñidas de la historia del país. Su triunfo da continuidad, pero abre una etapa decisiva para la izquierda. El principal reto es la clase C, la nueva clase media baja que siente que los programas sociales le quitan recursos, y el desgaste de un relato que ya no moviliza como antes. El PT, además, ha dependido de un solo hombre y sus posibles herederos no han cuajado.
Al asumir el 5 de enero, Lula encontrará una economía débil, con previsiones de crecimiento bajo y una deuda que promete empeorar. Tendrá que corregir el rumbo sin traicionar lo prometido, y hacerlo con un Congreso donde la izquierda es minoría y un Supremo debilitado por revelaciones que salpican a algunos jueces. La calle también pesa: el bolsonarismo sale reforzado y puede volver a movilizarse. Como resume un veterano del partido, Lula gana porque es un político excepcional, pero no puede ser él quien invente el tiempo que viene.
Un par de días antes de la votación, un grupo de señoras mayores con pegatinas de Lula en la solapa se plantó con banderas en la feria que cada viernes llena de ropa, frutas, carne y pescado una plaza de Ipanema, en Río de Janeiro. Alegres y ruidosas, se detuvieron frente al puesto de flores de Saulo, criado en la favela de la Rocinha y votante de Bolsonaro. Él no compartía sus proclamas y, además, bloqueaban el paso de sus posibles clientes. Una de ellas le reprochó su voto: Lula es quien le da dinero, le dijo. Saulo respondió: "A mí Lula no me ha dado dinero nunca. Y aquí estoy, trabajando desde las cuatro de la mañana".
La escena, una mujer blanca de uno de los barrios más caros de Río explicándole a un hombre negro de la favela a quién le conviene votar, resume el problema que hereda Lula tras su victoria del domingo. Una parte del Brasil a la que sus gobiernos priorizaron ya no se identifica con él. No quiere ayudas sociales, sino emprender, prosperar y, sobre todo, poder pagar las cuentas del mes.
Lula ganó con el 51,77% de los votos frente al 48,23% de Flávio Bolsonaro, en una de las elecciones más reñidas de la historia del país. Remontó una desventaja de casi dos puntos con la que salió de la primera vuelta. Cumple 81 años este martes y terminará su mandato con 85. Su triunfo da continuidad, pero abre una etapa decisiva para la izquierda de la primera economía de América Latina: el día después de Lula ha empezado con Lula todavía en el poder.
El primer reto es el malestar de brasileños como Saulo. Muchos pertenecen a la llamada clase C, la nueva clase media baja que gana cerca de dos salarios mínimos, unos 3.200 reales. No se ven como pobres, sino como quienes pagan las ayudas, y creen que esos programas les quitan recursos para un crédito o un negocio. A ellos apeló Flávio Bolsonaro toda la campaña, como cuando preguntó en el último debate si, a día 23, el sueldo ya se les había acabado. Un veterano de varias campañas del Partido de los Trabajadores, que pidió no ser identificado, lo resume así: la extrema derecha tiene una respuesta, mala pero respuesta, y la izquierda tendrá que buscar la suya.
El segundo reto es el desgaste del relato: el niño que llegó del nordeste con su madre, la lucha contra el hambre, el obrero presidente, el gran líder de la izquierda latinoamericana. Esa historia sigue siendo valiosa, pero ya no moviliza como antes. La izquierda se volcó en las calles y aun así estuvo muy cerca de perder. Según la misma fuente, Lula creyó que los éxitos del pasado lo inmunizaban ante los desafíos del presente. A ello se suma que el PT ha ganado dependiendo de un solo hombre. Los candidatos que Lula señaló como posibles herederos no han cuajado, y crecen las voces que dudan de que sea él, máximo exponente de lo que debe renovarse, quien escriba la página siguiente.
Cuando suba la rampa del Palacio del Planalto el 5 de enero, encontrará una economía que crece poco, con una previsión del mercado del 1,3% para 2027, y una deuda pública cercana al 83% del PIB que promete empeorar. En campaña prometió mantener el gasto, así que corregir el rumbo sin que le acusen de engañar a sus votantes será su primer dilema. Deberá hacerlo con un Congreso donde la izquierda es minoría.
Tampoco podrá apoyarse como antes en el Supremo, su gran aliado frente a ese Congreso hostil, debilitado por las revelaciones sobre los vínculos de Alexandre de Moraes y otros jueces con el banquero Daniel Vorcaro. Lula podrá nombrar hasta cuatro de los 11 magistrados, casi un tercio del tribunal que condenó a Jair Bolsonaro, pero cada nombramiento necesita 41 votos en un Senado que ya le tumbó a su último candidato.
Queda la calle. En 2022, la derrota de Jair Bolsonaro llevó a miles de sus seguidores a acampar frente a los cuarteles y desembocó en el asalto del 8 de enero a las sedes de los tres poderes en Brasilia. Esta vez, el bolsonarismo sale reforzado de las legislativas y es probable que mantenga cierta movilización. Lula gobernará además en una región que, alentada por Washington, ha girado hacia la derecha radical, y solo contará con la mexicana Claudia Sheinbaum como principal aliada.
Nada de esto resta mérito a la victoria: Lula volvió a ganar una elección que se daba por perdida. Pero el desafío es preparar a la izquierda para un país que ya no se parece al que gobernó por primera vez en 2003. Como dice el veterano asesor, Lula gana porque es un monstruo político y se salva solo, pero no se puede esperar que sea él quien invente un tiempo nuevo.
Citas Notables
A mí Lula no me ha dado dinero nunca. Y aquí estoy, trabajando desde las cuatro de la mañana.— Saulo, florista de Ipanema
Lula gana porque es un monstruo político y se salva solo, pero no podemos esperar que sea él quien invente un tiempo nuevo.— Veterano asesor del PT, anónimo