Martel defiende que no hace falta una gran revolución, sino que cada persona fuerce las cosas en sentidos distintos para combatir el disciplinamiento colectivo. Su documental 'Nuestra tierra' utiliza el asesinato de un líder indígena para exponer cómo el estado argentino ha ignorado sistemáticamente a los pueblos originarios.
Lucrecia Martel: pequeñas formas de resistencia de una cineasta combativa
Inventar un lenguaje es una micro-solución. Es encontrarnos.
¿Por qué Martel insiste tanto en que no necesitamos una gran revolución? ¿No suena eso a resignación?
No, es lo opuesto. Ella dice que el sistema nos ha entrenado para creer que solo la revolución total importa, y que eso nos paraliza. Si cada uno fuerza las cosas en direcciones distintas, en pequeños actos cotidianos, eso es lo que realmente cambia.
Pero el ejemplo que da es preocupante: el desahucio de Maricarmen se ejecutó de todas formas, a pesar de la movilización y la carta de Naciones Unidas. ¿Dónde está el cambio ahí?
Martel lo ve como un ejemplo de cómo el estado nos enseña la impotencia. Pero Nuestra tierra, su documental, está siendo usado por comunidades para organizarse. Eso es lo que ella llama cambio.
¿Y el lenguaje? ¿Por qué es tan importante para ella que el cine invente nuevos lenguajes?
Porque el lenguaje es poder. Cuando el tribunal obliga a los chuschagasta a explicar su relación con la tierra usando categorías occidentales, les está quitando su propia forma de entender el mundo. Martel crea un lenguaje cinematográfico que muestra ese desentendimiento sin traducirlo.
Pero ¿realmente el documental cambió algo para los chuschagasta? ¿Se recuperó la tierra? ¿Hubo justicia?
El documental se convirtió en una herramienta. Las comunidades lo usan para reclamar, para organizarse. Eso es lo que Martel valora: que el cine sea un instrumento de acción, no solo reflexión.
¿Y su desconfianza hacia la tecnología? Ella está en TikTok, sus conferencias se distribuyen en redes sociales.
Sí, hay una contradicción ahí que ella misma reconoce con humor. Pero creo que lo que intenta es usar la tecnología de forma subversiva, no someterse a ella.
Aunque sea subversiva, sigue siendo vigilancia. Sus datos están siendo recolectados. ¿Eso no invalida su argumento sobre la clandestinidad?
Probablemente. Pero ella lo sabe. Por eso habla de mentir, de generar confusión. No es una solución perfecta, es una forma de resistencia imperfecta en un sistema imperfecto.
El Pulso
- Lucrecia Martel, directora argentina de 59 años, realiza gira por Madrid, Barcelona y Valencia en septiembre de 2026
- Su documental Nuestra tierra (2025) parte del asesinato de Javier Chocobar, líder chuschagasta, en 2009
- El libro Un destino común fue publicado por Caja Negra en 2025
- Martel ha trabajado desde La ciénaga (2001) hasta Zama (2017), explorando poder, clase y territorio
Martel defiende que no hace falta una gran revolución, sino que cada persona fuerce las cosas en sentidos distintos para combatir el disciplinamiento colectivo. Su documental 'Nuestra tierra' utiliza el asesinato de un líder indígena para exponer cómo el estado argentino ha ignorado sistemáticamente a los pueblos originarios.
La directora argentina Lucrecia Martel promueve pequeñas formas de resistencia a través del cine y la conversación, rechazando la impotencia como invención del momento actual y abogando por un cine de reflexión colectiva.
Lucrecia Martel subió al escenario del patio de La Casa Encendida en Madrid el 24 de septiembre apoyada en su bastón, las secuelas del cáncer diagnosticado durante el rodaje de Zama en 2017 aún presentes en su cuerpo. "Para mí, subir esto es como el Cirque du Soleil", bromeó la directora argentina de 59 años, iniciando así una gira por varias ciudades españolas para hablar de su primer libro, Un destino común, y su último documental, Nuestra tierra. Pero bajo el humor hay una convicción que ha marcado toda su obra: que el cambio no requiere una revolución de gran envergadura, sino que cada persona fuerce las cosas en direcciones distintas a las que el sistema nos empuja.
Martel rechaza la idea de que la impotencia sea inevitable. El desahucio de Maricarmen, ejecutado a pesar de una carta de Naciones Unidas y de la movilización de numerosas personas para impedirlo, le sirve como ejemplo de cómo el estado nos enseña a creer que aunque luchemos, nada puede cambiar. Es lo que ella llama disciplinamiento colectivo: la invención de la impotencia como estrategia de control. Frente a eso, propone pequeñas formas de resistencia, actos cotidianos de desobediencia que no requieren heroísmo físico sino imaginación y persistencia.
Desde su primer largometraje, La ciénaga, en 2001, hasta Zama diecisiete años después, Martel ha explorado las relaciones de poder, la clase y el territorio con una atención particular al sonido, al tiempo y a lo que sucede fuera de campo. Su nuevo documental, Nuestra tierra, parte del asesinato de Javier Chocobar en 2009, líder de la comunidad indígena chuschagasta, para revelar un conflicto que trasciende el crimen individual. El estado argentino ha ignorado y ocultado sistemáticamente la existencia de los pueblos originarios, y el juicio por el asesinato se convierte en el escenario donde dos formas de entender el mundo chocan frontalmente: la justicia occidental, que ve la tierra como propiedad individual vinculada a la explotación económica, y la comunidad chuschagasta, para quienes el territorio es colectivo, pertenencia que se da por sabida aunque no haya papeles que la acrediten.
La violencia colonial se extiende a través del lenguaje. El tribunal obliga a la comunidad a adaptar su forma de explicar y entender el mundo a categorías que no son las suyas. "En el diálogo vamos a tener que ceder algo y eso es ceder parte de la tierra", reconoce uno de los chuschagasta en la película. La disputa por la tierra es también disputa por las palabras, por la historia, por el relato. Martel explica que los sistemas de referencias de las palabras dependen de consensos que no son universales sino que están atravesados por la clase, el contexto y el lugar desde el que se habla. En Nuestra tierra, ella y su equipo intentaron construir un lenguaje cinematográfico capaz de mostrar el desentendimiento sin necesidad de explicarlo, combinando imágenes y sonidos para hacer visible la tensión entre el poder y el pueblo.
El documental juega con la recreación y lo documentado. Los acusados dan indicaciones a los camarógrafos durante la reconstrucción del asesinato para el juicio, hay hombres que sujetan micrófonos, se explican técnicas de movimiento. La película se convierte simultáneamente en un aparente registro de pruebas judicales. Martel contrapone la historia de un pueblo que llegaron a dar por desaparecido en 1807 con el gran archivo fotográfico y audiovisual que conserva la propia comunidad chuschagasta. El documental se convierte en ese dron que sobrevuela las tierras de Tucumán, recogiendo y defendiendo el derecho de los chuschagasta a narrarse a sí mismos.
Martel cuenta que antes de hacer esta película acudía a fiestas y encuentros en barrios populares donde nadie la conocía porque nadie había visto su cine. "Yo tuve que cambiar para que pasara algo", apunta. Nuestra tierra se ha convertido en una herramienta de cambio que comunidades están usando para organizarse, para pensar acciones, para reclamar tierras, para encontrarse. Su capacidad oratoria y su pasión por la conversación han hecho que su pensamiento trascienda el cine. Sus conferencias se trocean en vídeos que se distribuyen en redes sociales, donde jóvenes que quizá nunca han visto sus películas interactúan con su discurso. "De repente estoy en TikTok, viendo carpintería japonesa y tractores y todas esas cosas que me interesan y me encuentro conmigo misma diciendo las mismas pavadas de siempre", cuenta, divertida.
Un destino común recoge algunas de estas charlas y conferencias. En él, Martel señala cómo la educación genera una complicidad de clase que permite soportar no ver el mundo, cómo nuestra mirada ya está moldeada por agentes externos. Frente a esa mirada domesticada, reivindica la curiosidad, la conversación y la disposición a dejarse sorprender. Para ella, hacer cine es una forma de intervenir en la realidad. Cree que existe una forma de felicidad que no hemos probado y que no se basa en el consumo suntuoso. "Yo estoy con un bastón, así que no se me ocurre ninguna revolución por la fuerza física, pero sí creo en la clandestinidad. Vamos a tener que ocultarnos. Ocultar nuestros datos de las empresas, mentir, generar confusión", dice. Su desconfianza hacia la tecnología va más allá de la vigilancia. Cuestiona la relación que los humanos hemos construido con nuestras propias creaciones. Como especie, inventamos el lenguaje y la escritura, lo que nos permitió organizar la memoria del pasado. Pero eso nos dio un terrible problema: la locura. "Somos una especie enloquecida. Yo no veo que los pájaros hayan inventado una forma de comer que ponga en peligro a los pájaros, sin embargo nosotros hemos inventado una tecnología que nos pone en peligro", explica.
Citas Notables
No hace falta que hagamos la gran revolución, simplemente que cada uno de nosotros fuerce la cosa en un sentido distinto al que estamos viendo— Lucrecia Martel
Creo enormemente que existe una forma de felicidad que no hemos probado y que no se basa en el consumo suntuoso y los lugares exclusivos— Lucrecia Martel