En una de cada diez personas, los trastornos de la conducta alimentaria no son una fase pasajera sino un destino fatal. Los especialistas españoles advierten que esta crisis silenciosa se expande hacia territorios antes insospechados —niños de seis años, hombres jóvenes, adolescentes varones— recordándonos que la relación entre el ser humano y su propio cuerpo es uno de los vínculos más frágiles y más urgentes de cuidar. La medicina puede intervenir, pero la cultura que alimenta estas distorsiones exige también una respuesta colectiva.
Los TCA cronificados causan la muerte en 1 de cada 10 personas afectadas
Seguían convencidas de que les sobraba peso, aunque pesaban hueso y piel
¿Por qué la distorsión de la imagen corporal es tan resistente a la realidad? Un paciente puede pesar 23 kilos y seguir creyendo que está gordo.
Porque no es un problema de visión. Es un problema de procesamiento cognitivo. El cerebro está enfermo, no los ojos. La persona ha construido una narrativa sobre su cuerpo que la realidad no puede desmontar. Es como intentar convencer a alguien de algo que su mente ya ha decidido que es verdad.
¿Qué hace que un niño de seis años desarrolle esto? ¿Qué está pasando en la sociedad?
Hay múltiples factores. Las redes sociales, la comparación constante, el acoso escolar, la presión estética que empieza cada vez más joven. Pero también hay algo en la personalidad: perfeccionismo, rigidez, necesidad de control. Algunos niños canalizan la ansiedad a través del cuerpo porque es lo único que sienten que pueden controlar.
Mencionaste que la vigorexia está creciendo entre hombres. ¿Es el mismo trastorno con otro nombre?
No exactamente. Es la misma distorsión de la imagen corporal, pero en dirección opuesta. Donde la anorexia dice "soy demasiado grande", la vigorexia dice "no soy lo suficientemente fuerte". Ambas son prisiones. Ambas consumen la vida.
¿Cuál es el momento crítico para intervenir?
Cuanto antes, mejor. Si atrapas el trastorno en los primeros meses, las posibilidades de recuperación son mucho mayores. Pero si esperas años, el daño físico se acumula. El cuerpo olvida cómo funcionar. Y la mente se ha atrincherado tanto en la enfermedad que la recuperación requiere reconstruir la identidad completa.
Le Pouls
- Una de cada diez personas con trastornos alimentarios crónicos muere, y los especialistas ven casos terminales en UCI de pacientes que pesan 22 kilos y aún creen que les sobra cuerpo.
- La enfermedad ya no respeta los perfiles conocidos: niños de entre seis y once años son diagnosticados con frecuencia creciente, y los hombres representan una proporción cada vez mayor de los afectados.
- La vigorexia emerge como una nueva forma de distorsión corporal masculina, convirtiendo el gimnasio en una obsesión que funciona con la misma lógica destructiva que la anorexia.
- El tratamiento exige la coordinación de psicólogos, nutricionistas y médicos, sin que exista una solución única ni un camino rápido hacia la recuperación.
- Los expertos proponen que las escuelas enseñen desarrollo socioemocional desde la infancia, apostando por una cultura que valore a las personas por lo que son, no por cómo se ven.
En una de cada diez personas, los trastornos de la conducta alimentaria no son una fase pasajera sino un destino fatal. Los especialistas españoles advierten que esta crisis silenciosa se expande hacia territorios antes insospechados —niños de seis años, hombres jóvenes, adolescentes varones— recordándonos que la relación entre el ser humano y su propio cuerpo es uno de los vínculos más frágiles y más urgentes de cuidar. La medicina puede intervenir, pero la cultura que alimenta estas distorsiones exige también una respuesta colectiva.
Uno de cada diez pacientes con trastornos de la conducta alimentaria muere a causa de la enfermedad. Es una cifra que los especialistas repiten con urgencia, sobre todo ahora que los casos crecen entre poblaciones que parecían ajenas al problema: niños de seis años, adolescentes varones, hombres adultos.
Celso Arango, jefe de Psiquiatría del Niño y Adolescente en el Hospital Gregorio Marañón de Madrid, ha tratado a pacientes en estado terminal que pesaban 22 kilos y seguían convencidos de que les sobraba peso. La distorsión cognitiva de la imagen corporal es tan profunda que la realidad física no logra penetrarla. Mónica Marazuela, del Hospital Universitario de la Princesa, recuerda que el trastorno por atracón es el más frecuente —afecta al 3% de la población—, pero la anorexia nerviosa es la que más mata, seguida de la bulimia.
Entre los hombres crece la vigorexia: una obsesión por construir un cuerpo extremadamente musculado que, aunque no es estrictamente un trastorno alimentario, funciona con la misma lógica destructiva. Arango señala que quienes enferman suelen ser perfeccionistas y autoexigentes; algunos empezaron a perder peso tras una infección viral y descubrieron que podían controlarlo a través de la ingesta.
Lo más alarmante es la edad de inicio. Cuanto antes aparece el trastorno, mejor el pronóstico, pero sin tratamiento a tiempo las consecuencias son irreversibles: en las niñas, la enfermedad puede detener el desarrollo y suprimir la menstruación.
El tratamiento requiere psicólogos, nutricionistas y médicos trabajando de forma coordinada. Marazuela insiste en cultivar una relación consciente y sin culpa con la comida. Arango va más lejos: propone que las escuelas enseñen desarrollo socioemocional desde temprano. A sus pacientes adolescentes les pregunta si preferirían una pareja muy delgada o una buena persona, inteligente, con sentido del humor. Siempre eligen lo segundo. Entonces les pregunta por qué creen que los demás las valorarán por lo contrario de lo que ellas valoran en otros. La pregunta queda flotando, sin respuesta fácil.
Uno de cada diez pacientes con trastornos de la conducta alimentaria muere a causa de la enfermedad. Es una cifra que los especialistas repiten con urgencia, especialmente ahora, cuando los casos se multiplican entre poblaciones que hace poco tiempo parecían ajenas al problema: niños de seis años, adolescentes varones, hombres adultos obsesionados no con adelgazar sino con desarrollar músculo extremo.
Los trastornos de la conducta alimentaria —anorexia, bulimia, trastorno por atracón, y otras variantes menos conocidas— establecen una relación destructiva entre la persona y la comida, entre la persona y su propio cuerpo. Quienes los padecen no ven lo que el espejo refleja. Celso Arango, profesor de Psicología en la Real Academia Nacional de Medicina y jefe del Servicio de Psiquiatría del Niño y Adolescente en el Hospital Gregorio Marañón de Madrid, ha tratado a pacientes en estado terminal. Ha visto morir en la UCI a personas que pesaban 22 o 23 kilos —hueso y piel— y que seguían convencidas de que les sobraba peso en los glúteos, las piernas, los brazos. La distorsión cognitiva de la imagen corporal es tan profunda que la realidad física no logra penetrarla.
Las mujeres representan entre el 85 y el 90 por ciento de los casos diagnosticados, pero esa proporción está cambiando. Los hombres enferman cada vez más. Mónica Marazuela, jefa del Servicio de Endocrinología y Nutrición del Hospital Universitario de la Princesa en Madrid, explica que los trastornos van mucho más allá de los dos diagnósticos que el público conoce. El trastorno por atracón es el más frecuente, afectando al 3 por ciento de la población, y puede derivar en obesidad. Pero la anorexia nerviosa mata más. La bulimia nerviosa ocupa el segundo lugar en riesgo de mortalidad.
Entre los hombres, crece un fenómeno llamado vigorexia: no es exactamente un trastorno de la conducta alimentaria, pero funciona como uno. Es una distorsión de la imagen corporal que genera obsesión por construir un cuerpo de culturista extremo. Todo gira alrededor del gimnasio. Se convierte en adicción. Arango señala que quienes desarrollan estos trastornos suelen ser perfeccionistas, meticulosos, obsesivos, autoexigentes. Muchos han sufrido acoso escolar por tener sobrepeso. Otros enferman después de una infección viral que les hace perder peso; descubren que pueden controlarlo a través de la ingesta y continúan adelgazando hasta que la enfermedad se apodera de ellos.
Lo más alarmante es la edad. Arango advierte que cada vez hay más casos entre niños de seis a once años. Cuanto antes aparece el trastorno, mejor es el pronóstico, pero si no se trata a tiempo, las consecuencias son irreversibles. En las niñas, la enfermedad puede impedir que lleguen a menstruar. El cuerpo se detiene. El desarrollo se congela.
La prevención y el tratamiento requieren un enfoque coordinado. Marazuela insiste en que es esencial mantener una relación sana con la comida: comer con conciencia, sin prisa, sin culpa, siguiendo una dieta equilibrada y variada. Escuchar lo que el cuerpo necesita. Los pacientes diagnosticados necesitan ayuda de múltiples profesionales: psicólogos, nutricionistas, médicos que prevengan complicaciones, grupos de apoyo, a veces medicamentos. No existe una solución única.
Arango propone que las escuelas enseñen desarrollo socio-emocional desde temprano, para que los niños aprendan que lo que importa son los valores de una persona, no su apariencia. Pregunta a sus pacientes adolescentes: ¿Preferirías una pareja muy delgada o una buena persona? ¿Muy delgada o inteligente? ¿Muy delgada o con sentido del humor? Siempre eligen lo segundo. Entonces les pregunta por qué creen que los demás las valorarán por lo opuesto a lo que ellas valoran en otros. La pregunta queda flotando en el aire, sin respuesta fácil.
Citations marquantes
He visto morir a pacientes en la UCI después de muchos años con un trastorno de conducta alimentaria de tipo restrictivo, con 22 o 23 kilos que son hueso y piel, y que siguen estando absolutamente convencidas de que les sobra peso— Celso Arango, profesor de Psicología de la Real Academia Nacional de Medicina
Cuanto antes aparecen, mejor pronóstico tienen, pero si no se tratan a tiempo, en el caso de las niñas ni siquiera van a poder tener su primera regla— Celso Arango