En Pekín, a finales de agosto, máquinas con forma humana cruzaron umbrales que la biología tardó millones de años en alcanzar: corrieron más rápido que el hombre más veloz de la historia. Y sin embargo, la misma semana en que los robots superaban a Usain Bolt, fracasaban al intentar doblar una sábana. Esta contradicción no es un accidente técnico, sino el eco persistente de una verdad que el ingeniero Hans Moravec enunció en 1980: la inteligencia abstracta es más fácil de imitar que la percepción cotidiana, y lo que un bebé aprende sin esfuerzo sigue siendo, para las máquinas, una frontera sin