A dos meses de las elecciones de 2026, el Partido Republicano se reúne en convención cargando el peso de una contradicción que define a los grandes partidos en momentos de transición: cómo honrar la lealtad de una base movilizada sin perder a quienes se alejan de sus extremos. La figura de Donald Trump, omnipresente sin ser omnipotente, obliga al partido a elegir entre la cohesión interna y la amplitud electoral. En esa tensión irresuelta se juega no solo el control del Congreso, sino el alma de un partido que aún no sabe con certeza qué quiere ser.