En el corazón de Silicon Valley, quienes construyen la inteligencia artificial más poderosa del mundo también son quienes más alto advierten sobre sus peligros — y quienes más activamente buscan redactar las leyes que deberían contenerla. Figuras como Dario Amodei y Sam Altman invocan riesgos existenciales mientras sus empresas compiten por capital masivo y por el derecho a definir sus propias reglas. Es una tensión tan antigua como el poder mismo: la de quienes crean una fuerza transformadora y luego negocian los términos de su propia rendición de cuentas.