En las aulas universitarias donde Felipe VI cursó sus estudios, la historia ensayó una paradoja que pocas monarquías modernas se han atrevido a proponer: la de un heredero al trono formándose entre ciudadanos comunes, protegido por el Estado pero expuesto, en la medida de lo posible, a la autenticidad de la vida estudiantil. Fue una apuesta deliberada por conectar al futuro jefe de Estado español con la realidad de su generación, sabiendo que esa conexión nunca podría ser del todo completa. Lo que aquellos años dejaron no es solo un currículo académico, sino una comprensión del país que, de ot