En el silencio de cada jornada, el cuerpo humano negocia con amenazas que no eligió ni percibe: contaminantes, estrés crónico, microplásticos, sueño fragmentado. Durante años, incluso décadas, esa maquinaria biológica se adapta y compensa con una terquedad admirable. Pero la resiliencia, como todo crédito, tiene un límite que no siempre anuncia su llegada, y comprender ese umbral es quizás uno de los actos más lúcidos que la vida moderna nos exige.