Líbano rechaza justificaciones israelíes para destrucción de aldeas del sur

La ofensiva israelí ha causado 4.335 muertos, 12.277 heridos y desplazado a más de un millón de personas en el sur de Líbano.
Poblaciones enteras como instalaciones militares desafía toda lógica
El primer ministro libanés rechaza la justificación israelí para la destrucción de aldeas y ciudades en el sur del país.
Mark

¿Por qué Salam decidió hacer esta declaración pública ahora, en agosto, cuando el acuerdo ya se había firmado en junio?

Mimi

Porque el acuerdo no detuvo nada. Las demoliciones continuaron después de que ambos países lo firmaran. Salam estaba señalando que las palabras en un papel no significaban nada si los bulldozers seguían funcionando.

Mark

Cuando dice que considerar pueblos como instalaciones militares "desafía toda lógica", ¿qué está realmente diciendo?

Mimi

Está diciendo que no hay forma de creer que Mansouri o Kfar Tebnit sean bases militares. Son pueblos. Tienen casas, iglesias, escuelas. Si Israel dice que son objetivos militares, entonces está redefiniendo qué es un objetivo militar de una manera que hace que cualquier pueblo sea un objetivo.

Mark

¿Qué significa que el Ejército libanés diga que los ataques "obstaculizan su despliegue"?

Mimi

Significa que Líbano está tratando de cumplir su parte del acuerdo, pero no puede hacerlo porque Israel sigue atacando. Es como si alguien te dijera que puedes entrar a tu casa, pero luego sigue quemándola mientras intentas entrar.

Mark

Un millón de desplazados es un número enorme. ¿Qué implica eso en términos prácticos?

Mimi

Implica que una de cada cuatro o cinco personas en Líbano fue sacada de su hogar. Implica campos de refugiados, familias separadas, gente viviendo en escuelas y mezquitas. Implica un país que no puede funcionar normalmente.

Mark

¿Por qué Salam insiste en que la soberanía y el derecho al retorno "no son negociables"?

Mimi

Porque si cedes en eso, cedes en todo. Si aceptas que Israel puede destruir pueblos y que los residentes no tienen derecho a volver, entonces has aceptado que Israel puede hacer lo que quiera en tu territorio. Eso no es un acuerdo. Es una rendición.

  • La ofensiva israelí iniciada el 2 de marzo ha borrado del mapa comunidades enteras en el sur del Líbano, dejando 4.335 muertos y más de un millón de desplazados.
  • El primer ministro Nawaf Salam denuncia que justificar la demolición de viviendas, lugares de culto y edificios públicos como operaciones contra instalaciones militares 'desafía toda lógica' y viola el derecho internacional humanitario.
  • Localidades como Mansouri, Zawtar al-Sharqiyah y Kfar Tebnit han sido identificadas como escenarios de destrucción sistemática ejecutada con maquinaria pesada, según el propio gobierno libanés.
  • El Ejército libanés advierte que los ataques continuos no solo causan destrucción sino que bloquean su propio despliegue en el sur y le impiden a la población civil regresar a sus hogares.
  • A pesar del acuerdo marco firmado en Washington el 26 de junio —que preveía una retirada israelí gradual y el despliegue del ejército libanés— la destrucción sobre el terreno no se ha detenido.
  • Beirut traza líneas rojas: soberanía, seguridad de la población y derecho al retorno son, según Salam, condiciones no negociables bajo ningún esquema de acuerdo.

En el sur del Líbano, donde pueblos enteros han sido reducidos a escombros, el primer ministro Nawaf Salam alzó la voz el 13 de agosto para nombrar lo que considera una verdad incómoda: que demoler casas, templos e infraestructura civil bajo el argumento de que son instalaciones militares no resiste ningún escrutinio moral ni jurídico. Detrás de sus palabras se acumulan más de cuatro mil muertos, doce mil heridos y un millón de personas que ya no tienen hogar al que volver. La humanidad lleva siglos debatiendo los límites de la guerra; lo que ocurre en el sur libanés vuelve a poner esa pregunta sobre la mesa con urgencia brutal.

El 13 de agosto, el primer ministro libanés Nawaf Salam publicó un mensaje que iba directo al hueso: calificar poblaciones enteras como instalaciones militares para justificar su demolición, escribió, "desafía toda lógica". No hablaba en abstracto. Hablaba de casas, de mezquitas e iglesias, de edificios públicos en pueblos reales del sur del Líbano.

Salam nombró lugares concretos —Mansouri, Zawtar al-Sharqiyah, Kfar Tebnit— donde, según describió, maquinaria pesada había ejecutado demoliciones sistemáticas de viviendas e infraestructura civil. Su conclusión fue inequívoca: estas acciones constituyen una grave violación del derecho internacional humanitario.

El Ejército libanés había llegado a conclusiones similares un día antes, señalando que los bombardeos israelíes en zonas como Zawtar al-Sharqiyah no solo destruían sino que impedían el despliegue de sus propias fuerzas y bloqueaban el regreso de los residentes desplazados.

El telón de fondo es un acuerdo firmado en Washington el 26 de junio, que contemplaba una retirada israelí gradual y el despliegue del ejército libanés en el sur. Pero el papel no ha detenido la destrucción en el terreno. Según las autoridades libanesas, la ofensiva iniciada el 2 de marzo ha dejado 4.335 muertos, 12.277 heridos y más de un millón de personas arrancadas de sus hogares.

Salam cerró con una advertencia que sonó a ultimátum moral: la soberanía del Líbano, la seguridad de su población y el derecho de los sureños a regresar y reconstruir sus comunidades no están sobre la mesa de negociación. Son líneas rojas. Lo que permanece incierto es si esas líneas tendrán peso mientras la destrucción física sigue su curso.

Nawaf Salam, primer ministro de Líbano, salió a la palestra el 13 de agosto para rechazar de frente las justificaciones que Israel ha esgrimido para demoler aldeas y ciudades en el sur del país. En un mensaje publicado en la red social X, Salam fue directo: catalogar poblaciones enteras como instalaciones militares "desafía toda lógica". No era una crítica abstracta. Hablaba de pueblos reales, de casas reales, de vidas reales.

Lo que Salam cuestionaba eran las demoliciones y los ataques israelíes contra zonas donde vivía gente común. Viviendas. Edificios públicos. Lugares de culto. Infraestructura civil. El primer ministro libanés argumentó que la justificación de estas acciones —alegar la presencia de instalaciones militares— simplemente no se sostiene cuando se mira la naturaleza de lo que estaba siendo atacado. No eran cuarteles. No eran depósitos de armas. Eran pueblos.

Nombró lugares específicos donde esto había ocurrido: Mansouri, Zawtar al-Sharqiyah, Kfar Tebnit y otras localidades del sur. En esos sitios, describió incursiones, demoliciones ejecutadas con maquinaria pesada, destrucción sistemática de casas e instalaciones públicas. Cada uno de esos nombres representaba comunidades enteras siendo borradas del mapa. Salam fue claro en su conclusión: estas acciones constituyen una grave violación del derecho internacional y del derecho internacional humanitario.

El Ejército libanés había hecho denuncias similares el día anterior, señalando que los continuos ataques israelíes no solo causaban destrucción, sino que también obstaculizaban su propio despliegue en el sur y dificultaban que los residentes pudieran regresar a sus hogares. Específicamente, reportaron bombardeos contra instalaciones civiles y viviendas en Zawtar al-Sharqiyah, en la gobernación de Nabatieh.

Todo esto ocurría bajo la sombra de un acuerdo. El 26 de junio, Líbano e Israel habían firmado en Washington un acuerdo marco que contemplaba una retirada gradual israelí acompañada del despliegue del Ejército libanés y la aplicación de medidas de seguridad. Pero mientras ese acuerdo estaba sobre la mesa, la destrucción continuaba.

Los números que Salam no mencionó explícitamente en su declaración, pero que flotaban detrás de cada palabra, eran devastadores. Según las autoridades libanesas, la ofensiva israelí que había comenzado el 2 de marzo había dejado hasta ese momento 4.335 muertos, 12.277 heridos y más de un millón de desplazados. Un millón de personas arrancadas de sus vidas.

Salam fue enfático en un punto final: la soberanía de Líbano, la seguridad de su población y el derecho de los habitantes del sur a regresar a sus tierras y reconstruir sus comunidades no eran negociables. No eran puntos de negociación. No eran concesiones posibles. Eran líneas rojas. Lo que quedaba por ver era si esas líneas se mantendrían mientras la destrucción física continuaba en el terreno.

Considerar poblaciones enteras como instalaciones militares desafía toda lógica
— Nawaf Salam, primer ministro de Líbano
La soberanía de Líbano, la seguridad de su población y el derecho de los habitantes del sur a regresar a sus tierras no son negociables
— Nawaf Salam, primer ministro de Líbano
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