En el tenso otoño de 2026, el canciller ruso Serguéi Lavrov calificó las medidas alemanas —el cierre del consulado ruso en Bonn y las acusaciones por un incidente en Leipzig— como el inicio de una «guerra de verdad» contra Rusia. Lo que una vez fue desacuerdo diplomático ha cruzado un umbral: Berlín y Moscú ya no intercambian protestas formales, sino acusaciones que evocan el lenguaje del conflicto abierto. En el fondo de esta confrontación late una disputa más antigua sobre el alma de Europa y el futuro de Ucrania.