En un momento de profunda ambivalencia histórica, las grandes empresas tecnológicas del mundo han comenzado a reconocer públicamente los riesgos de la inteligencia artificial que ellas mismas han contribuido a crear. Silicon Valley se fractura entre quienes ven en la aceleración una necesidad económica ineludible y quienes advierten que la velocidad del cambio supera nuestra capacidad colectiva de gobernarlo. La pregunta que subyace no es solo técnica ni económica, sino profundamente humana: ¿quién decide el ritmo al que transformamos el mundo?