En El Salvador, un país que llegó a registrar más de cien homicidios por cada cien mil habitantes, el presidente Nayib Bukele impuso desde marzo de 2022 un régimen de excepción que suspendió garantías constitucionales y permitió la detención masiva de más de setenta mil personas vinculadas a las pandillas. La violencia cayó a mínimos históricos y Bukele fue reelegido con amplio respaldo popular, pero el camino hacia esa paz estuvo marcado por negociaciones secretas con líderes criminales y más de cinco mil ochocientas denuncias de violaciones a los derechos humanos. La historia de El Salvador
Las claves de cómo Bukele neutralizó a las pandillas de El Salvador con mano dura
Las pandillas simplemente desaparecieron en lugar de enfrentar al Estado
¿Cómo es posible que un presidente negocie en secreto con líderes pandilleros y luego declare una guerra total contra ellos?
Porque los números funcionan. Cuando los homicidios bajaron, la gente dejó de preocuparse por cómo sucedió. La seguridad es lo que ves en la calle, no en documentos clasificados.
Pero setenta mil detenidos en meses. ¿Cuántos de ellos eran realmente pandilleros?
Nadie lo sabe con certeza. El Gobierno dice que la mayoría. Las organizaciones de derechos humanos dicen que hubo detenciones masivas arbitrarias. La verdad probablemente está en el medio, pero eso no tranquiliza a quien fue detenido sin razón.
¿Por qué las pandillas simplemente desaparecieron en lugar de pelear?
Porque estaban acorraladas. Cuando el Gobierno rompe un pacto y lanza una represión sin límites legales, la única estrategia racional es esconderse y esperar. No pueden ganar una guerra contra el Estado.
¿Entonces el modelo Bukele es replicable en otros países?
Políticamente, sí. Electoralmente, es ganador. Pero requiere suspender derechos constitucionales indefinidamente. Eso es lo que otros países están considerando copiar, y eso es lo preocupante.
The Pulse
- El Salvador era en 2015 el país más violento del hemisferio, con pandillas que controlaban territorios, extorsionaban autobuses y dictaban la vida cotidiana de millones de personas.
- En marzo de 2022, tras el asesinato de 87 personas en 72 horas, Bukele rompió con cualquier negociación y lanzó una ofensiva total: allanamientos masivos, suspensión de derechos y más de 70.000 detenciones.
- Las pandillas no respondieron con armas sino con fuga: sus líderes ordenaron esconderse en casas seguras o huir al extranjero, y sus estructuras de extorsión colapsaron casi de inmediato.
- Organizaciones de derechos humanos documentaron cerca de 5.800 violaciones durante el primer año del régimen, incluyendo torturas, detenciones arbitrarias y abusos que el gobierno no ha reconocido plenamente.
- El modelo Bukele se exporta: Ecuador, Chile, Argentina, Perú, Honduras y Costa Rica miran hacia San Salvador buscando una fórmula para sus propias crisis de seguridad, sin que el debate sobre sus costos humanos haya sido resuelto.
En El Salvador, un país que llegó a registrar más de cien homicidios por cada cien mil habitantes, el presidente Nayib Bukele impuso desde marzo de 2022 un régimen de excepción que suspendió garantías constitucionales y permitió la detención masiva de más de setenta mil personas vinculadas a las pandillas. La violencia cayó a mínimos históricos y Bukele fue reelegido con amplio respaldo popular, pero el camino hacia esa paz estuvo marcado por negociaciones secretas con líderes criminales y más de cinco mil ochocientas denuncias de violaciones a los derechos humanos. La historia de El Salvador plantea una de las preguntas más antiguas de la política: ¿puede el orden legítimo nacer de métodos que lo contradicen?
Nayib Bukele llegó al poder en 2019 con un país devastado por la Mara Salvatrucha y el Barrio 18, pandillas nacidas en California que regresaron a Centroamérica con las deportaciones masivas de los años noventa. Para 2015, El Salvador era el país más violento del hemisferio occidental.
Su primera estrategia fue discreta y, según reveló el portal El Faro en 2020, incluyó negociaciones secretas con líderes pandilleros encarcelados: beneficios penitenciarios a cambio de reducir los homicidios. El Departamento de Justicia de Estados Unidos documentó esos encuentros en penales donde los pandilleros llegaban con rostros cubiertos y credenciales falsas. Los homicidios bajaron, la popularidad de Bukele subió y su partido arrasó en las elecciones legislativas de 2021.
Pero en marzo de 2022 el pacto se rompió: 87 asesinatos en setenta y dos horas. Bukele respondió solicitando al Congreso un régimen de excepción que suspendía derechos constitucionales y flexibilizaba las detenciones. Ese régimen, renovado mes a mes, sigue vigente.
Lo que siguió fue una campaña implacable. Más de setenta mil personas fueron detenidas en allanamientos masivos. Las pandillas no combatieron: desaparecieron. Sus líderes ordenaron refugiarse en zonas montañosas o huir a países vecinos. Los conductores de autobús dejaron de pagar extorsiones. Los niños que antes colaboraban con las bandas seguían en las calles, pero ya nadie los temía.
La megacárcel que Bukele construyó —con capacidad para cuarenta mil reclusos— albergaba doce mil personas en octubre pasado. La violencia cayó a mínimos históricos. Bukele ganó la reelección con mayoría abrumadora. Pero organizaciones de derechos humanos documentaron cerca de cinco mil ochocientas violaciones durante el primer año del régimen: torturas, detenciones sin orden judicial, abusos. El modelo se exporta a Ecuador, Chile, Argentina y Perú, mientras la pregunta sobre su precio humano permanece sin respuesta.
Nayib Bukele llegó a la presidencia de El Salvador en junio de 2019 heredando un país destrozado por la violencia de pandillas. La Mara Salvatrucha y Barrio 18, dos organizaciones criminales nacidas en California en los años ochenta entre inmigrantes centroamericanos, habían transformado el territorio en un campo de batalla. Cuando Estados Unidos comenzó a deportar a miles de ex convictos a sus países de origen en la década de 1990, muchos de ellos miembros de estas bandas, importaron consigo una guerra sin cuartel. Para 2015, El Salvador se había convertido en el país más violento del hemisferio occidental, con 106 homicidios por cada cien mil habitantes.
Bukele prometió seguridad. Su estrategia inicial, el Plan de Control Territorial, parecía convencional: más policías en las calles, mayor presencia estatal. Pero en 2020, el portal de investigación El Faro reveló algo más oscuro. Funcionarios cercanos al presidente estaban negociando en secreto con los líderes encarcelados de las tres principales facciones pandilleras, ofreciéndoles beneficios penitenciarios a cambio de ayuda para reducir los homicidios. El Departamento de Justicia de Estados Unidos documentó después que estos encuentros ocurrían en los penales de Zacatecoluca e Izalco, donde pandilleros llegaban con el rostro cubierto, portando credenciales falsas de oficiales de inteligencia. Algunos líderes, como Borromeo Enrique Henríquez, alias Diablito de Hollywood, fueron llevados a hospitales civiles bajo pretexto de tratamientos médicos para comunicarse con sus estructuras en las calles. A cambio de esta reducción de violencia, el Gobierno habría ofrecido modificaciones legales, reducciones de condenas y control territorial para las pandillas.
El acuerdo funcionó. Los homicidios bajaron dramáticamente, y la popularidad de Bukele se disparó. Su partido, Nuevas Ideas, ganó las elecciones legislativas de 2021. Pero en marzo de 2022, las pandillas asesinaron a 87 personas en setenta y dos horas. El pacto se había roto. Bukele respondió con una decisión que cambiaría el país: el 27 de marzo de 2022 solicitó al Congreso un régimen de excepción que suspendería derechos constitucionales y flexibilizaría las normas de detención. Ese régimen, renovado mes a mes, sigue vigente.
Lo que vino después fue implacable. Las autoridades lanzaron allanamientos masivos en zonas de presencia pandillera. Más de setenta mil personas fueron detenidas. El Gobierno afirma que la mayoría pertenecía a las pandillas. Organizaciones de derechos humanos denunciaron detenciones arbitrarias generalizadas y aproximadamente cinco mil ochocientas violaciones de derechos humanos durante el primer año del régimen. Las denuncias incluyen torturas, abusos y desapariciones. Pero la estrategia funcionó en términos de seguridad pública. Las pandillas no respondieron con enfrentamientos armados. En su lugar, desaparecieron. Según un informe de inteligencia de la policía antipandillas, los líderes de la Mara Salvatrucha ordenaron a sus miembros buscar refugio en casas seguras, zonas montañosas o intentar huir a países vecinos. Esperarían a que la represión cesara.
Los residentes de antiguos bastiones pandilleros en San Salvador, Apopa, Soyapango e Illopango confirmaron a investigadores que los pandilleros simplemente desaparecieron. Los niños y adolescentes que alguna vez colaboraban con las bandas aún deambulaban por las calles, pero ya no eran temidos. Los conductores de autobuses, víctimas habituales de extorsión y asesinato, reportaron que las pandillas ya no interferían en sus operaciones. Algunos miembros de las pandillas que lograron llegar a México dijeron que muchos de sus cómplices seguían atrapados en El Salvador, sin dinero suficiente para huir tras el colapso de sus negocios ilícitos principales como la extorsión.
El Centro de Confinamiento del Terrorismo, la megacárcel que Bukele construyó, albergaba a doce mil reclusos en octubre del año pasado, apenas el treinta por ciento de su capacidad de cuarenta mil. La violencia se redujo a mínimos históricos. Bukele declaró la victoria sobre el crimen y se presentó a la reelección con ese logro como bandera. Su modelo inspiró a políticos en Ecuador, Chile, Argentina, Perú, Honduras y Costa Rica. El presidente ecuatoriano Daniel Noboa comenzó a construir nuevas cárceles imitando el régimen de Bukele. Candidatos presidenciales en otros países prometieron importar el modelo. Pero debajo de esos números de seguridad yacía una pregunta incómoda: ¿a qué precio? Las denuncias de violaciones de derechos humanos, las detenciones sin orden judicial, los abusos documentados, seguían siendo reales. Bukele ganó su reelección con una mayoría abrumadora, pero el costo de su victoria permanecía sin resolver.
Notable Quotes
Este 4 de febrero debemos proteger los logros en seguridad— Nayib Bukele, en campaña de reelección
Estas reuniones fueron organizadas por el Gobierno de El Salvador y funcionarios penitenciarios— Departamento de Justicia de Estados Unidos, en documento de 42 páginas