Durante más de tres décadas, Europa ha construido muros mientras ignoraba la pregunta que sus propias economías responden cada día: el continente necesita trabajadores que sus ciudadanos no quieren ser. Ceuta, encajada entre dos mundos, encarna esa contradicción con una claridad que incomoda. Los gobiernos han elegido tolerar en silencio lo que se niegan a reconocer en voz alta, y esa evasión es la que convierte una realidad económica en una crisis política recurrente.