El 6 de septiembre, los votantes de Sajonia-Anhalt entregaron al partido ultraderechista AfD el 44% de sus sufragios, una cifra que sacude los cimientos de la democracia alemana de posguerra. Lo que durante décadas se sostuvo como un blindaje institucional —la memoria del horror, el consenso tácito de aislar a los extremistas— ha cedido ante el peso acumulado del malestar económico, la transformación cultural y la desconfianza hacia las élites. Alemania, que construyó sus instituciones sobre las ruinas de la tiranía, se enfrenta ahora a la pregunta que creía haber respondido para siempre: cómo