En un momento en que el Ártico ha dejado de ser periferia para convertirse en epicentro de la rivalidad entre grandes potencias, la Unión Europea anuncia una inversión de 200 millones de euros en Groenlandia. La iniciativa, liderada por Ursula von der Leyen, es tanto una respuesta a las ambiciones territoriales expresadas por Donald Trump como una apuesta estratégica por asegurar materias primas críticas que Europa no puede seguir ignorando. En el fondo, Bruselas elige el lenguaje del capital donde otros han elegido el de la coerción.