Desde Cervantes hasta hoy, la novela ha vivido atrapada entre dos lealtades irreconciliables: la fidelidad a la experiencia vivida y la libertad de la invención. Escritores como Ricardo Piglia y John Banville han argumentado, con distintos matices, que la literatura no imita a la vida sino que la supera en intensidad y forma. La pregunta que persigue a todo novelista —¿cuánto de esto es verdad?— no es una curiosidad trivial del público, sino la pregunta fundacional del género mismo: dónde termina el yo y dónde comienza la escritura.