El jueves, el Banco Central Europeo elevará casi con certeza su tasa de depósito al 2,5%, respondiendo a una inflación que en agosto alcanzó el 3,3% impulsada por el encarecimiento de la energía. Sin embargo, la decisión revela una tensión profunda en el arte de gobernar el dinero: actuar sobre un fenómeno —el shock energético de origen geopolítico— que la política monetaria apenas puede domar. Mientras la inflación subyacente y la de servicios se moderan, el BCE se prepara para usar su única herramienta en un problema que en gran medida escapa a su alcance.