Durante décadas, la promesa de un planeta más limpio fue el norte que guió el capital hacia la transición energética. Hoy, sacudida por la guerra en Ucrania y la voracidad eléctrica de la inteligencia artificial, esa brújula ha girado: la seguridad del suministro y la independencia industrial han tomado el relevo de la descarbonización como motores de inversión. Redes eléctricas, almacenamiento en baterías y energía nuclear emergen como los nuevos pilares de un sistema que ya no puede permitirse el lujo de ser solo verde, sino que debe ser también robusto y soberano.