La resistencia ciudadana coloca la IA en el centro de la agenda electoral occidental

Las democracias han permitido que los drones informativos reemplacen al demos
Lepore describe cómo el espacio público ha sido colonizado por máquinas sin transparencia ni control democrático.
Mark

¿Por qué ahora? La IA lleva años entre nosotros. ¿Qué cambió para que de repente los votantes la pusieran en el centro de sus decisiones electorales?

Mimi

Creo que la gente pasó de verla como algo abstracto a sentirla como una amenaza concreta. No es solo que exista; es que está siendo usada contra ellos. Campañas que los perfilan, anuncios que los manipulan, deepfakes que distorsionan la realidad. Y luego están los centros de datos: instalaciones masivas que consumen energía, que afectan el agua, que aparecen en sus comunidades sin que nadie les haya preguntado.

Mark

Pero ¿no es irónico que usen las urnas para rechazar algo que también es digital?

Mimi

Totalmente. Pero las urnas todavía son analógicas. Todavía cuentan votos reales de personas reales. Es uno de los pocos espacios donde la gente siente que aún tiene poder real. Por eso lo usan.

Mark

¿Y qué pasa con la desinformación? Si los bots pueden manipular el debate, ¿cómo sabe la gente en qué creer?

Mimi

Esa es la pregunta que mantiene despierta a Lepore. Dice que estamos en una crisis del espacio público. La mayoría de lo que ves en internet ya no viene de humanos. Y nadie sabe quién está detrás de los bots, qué quieren, a quién sirven. Es gaslighting a escala masiva.

Mark

¿Entonces la gente está votando contra la IA porque no confía en la IA?

Mimi

Exactamente. Es un círculo vicioso. Cuanta más IA se usa para manipular, más desconfía la gente. Y cuanta más desconfía, más quiere regulación. Los políticos que entienden esto están ganando.

Mark

¿Y los que no lo entienden?

Mimi

Pierden sus escaños. Como pasó en Utah, Michigan, Maryland. La historia del automóvil que menciona Lepore es instructiva: la gente no rechazó los autos. Pero sí exigió que se regularan. Aquí está pasando algo parecido, pero más rápido y más furioso.

  • Candidatos que impulsaron megaproyectos de centros de datos fueron derrotados en Utah, Michigan y Maryland, señal de que la IA ya mueve votos de manera decisiva.
  • El 75% de los europeos rechaza centros de datos sin energías renovables, y una proporción similar en EE.UU. se opone a tenerlos en sus comunidades, creando una presión electoral sin precedentes.
  • La desinformación complica el debate: defensores de la industria califican la oposición ciudadana de conspiración china impulsada por IA, en lo que los críticos llaman 'data center gaslighting'.
  • La Unión Europea pospuso restricciones clave de su Ley de IA hasta 2027-2028 bajo presión corporativa, mientras en EE.UU. figuras como Sanders y Ocasio-Cortez impulsan una moratoria nacional.
  • La regulación de la IA se posiciona como tema central en las legislativas estadounidenses de noviembre y las presidenciales de 2028, con la voluntad popular inclinándose hacia la restricción.

En las democracias occidentales, la inteligencia artificial ha dejado de ser un asunto técnico para convertirse en una cuestión de soberanía popular: ciudadanos de Europa y Estados Unidos están derrotando candidatos, revocando mandatos y exigiendo condiciones a los centros de datos que alimentan esta tecnología. Lo que emerge no es un rechazo a la modernidad, sino una demanda de que el poder democrático no sea absorbido por lo que la historiadora Jill Lepore llama el 'estado artificial'. La regulación de la IA se perfila así como uno de los ejes definitorios de las próximas elecciones en Occidente.

Los votantes occidentales han convertido la inteligencia artificial en un asunto electoral de primera línea. No porque la tecnología sea nueva, sino porque han comenzado a rechazarla de forma organizada: derrotando candidatos, revocando mandatos locales y exigiendo condiciones ambientales a los centros de datos que sostienen el ecosistema de la IA. La historiadora Jill Lepore documenta en Financial Times cómo esta resistencia está redefiniendo la política en múltiples países.

Las consecuencias electorales han sido concretas. En Utah, el presidente del Senado estatal perdió su escaño tras impulsar un megacentro de datos rechazado por el 70% del electorado. En Michigan y Maryland, consejeros y comisionados que bloquearon moratorias sobre expansión de estas instalaciones fueron reemplazados por candidatos críticos. En Wisconsin, un candidato socialista democrático estuvo cerca de ganar la primaria para gobernador prometiendo detener su construcción. En Nueva York, la moratoria sobre centros de datos se volvió eje de campaña incluso después de que multimillonarios tecnológicos invirtieran ocho millones de dólares para influir en el resultado.

El debate legislativo enfrenta fuerzas opuestas. La UE aprobó en 2024 una Ley de IA, pero cedió a presiones corporativas y pospuso restricciones clave hasta 2027 o 2028. En EE.UU., mientras Trump califica la regulación de 'wokeismo', Sanders y Ocasio-Cortez promueven una moratoria nacional, y el representante Ro Khanna propone un nuevo contrato social tecnológico.

Lo que complica el panorama es la desinformación sistémica. Los defensores de la industria han llegado a calificar la oposición popular como un deepfake orquestado por China. Lepore advierte que en internet, la mayoría de los mensajes en inglés ya no provienen de humanos sino de máquinas, y que las democracias liberales corren el riesgo de ser absorbidas por un 'estado artificial' donde el espacio público ha sido reemplazado por arenas digitales controladas por corporaciones.

La historiadora recupera el análisis del profesor James Willard Hurst sobre el automóvil para recordar que la regulación tardía tuvo consecuencias fatales, pero también que las normas bien diseñadas pueden hacer los productos más seguros, mejores y accesibles. Con las legislativas de noviembre y las presidenciales de 2028 en el horizonte, lo que ocurra en los próximos meses determinará no solo el futuro de la IA, sino el de la participación ciudadana en la era digital.

Los votantes están ganando una batalla que hace apenas unos años parecía imposible de pelear. En las elecciones de este año, en países de todo Occidente, la inteligencia artificial y los centros de datos que la alimentan se han convertido en asuntos de campaña tan urgentes como la economía o la salud. No es que la gente haya descubierto de repente que la IA existe. Es que ha comenzado a rechazarla de manera sistemática, derrotando candidatos, revocando mandatos y transformando lo que antes era un debate técnico en una cuestión de poder democrático.

La historiadora Jill Lepore, escribiendo en Financial Times, documenta cómo esta resistencia está redefiniendo la política electoral. Los ciudadanos enfrentan una realidad incómoda: campañas que usan inteligencia artificial para perfilar votantes, diseñar mensajes personalizados, crear anuncios dirigidos y producir deepfakes. Pero en lugar de aceptar esto como inevitable, están votando en contra. Una encuesta en cinco países europeos muestra que tres de cada cuatro personas solo aceptarían centros de datos si funcionaran con energía renovable. En Estados Unidos, una proporción similar se opone directamente a tener estas instalaciones cerca de sus hogares.

Las consecuencias electorales han sido concretas y sorprendentes. En Utah, el presidente del Senado estatal perdió su escaño después de impulsar la construcción de un megacentro de datos de 16.187 hectáreas junto al Gran Lago Salado. El proyecto fue rechazado por más del 70 por ciento del electorado. En Michigan, los votantes revocaron el mandato de miembros del consejo local que se negaron a extender una moratoria sobre expansión de centros de datos. En Maryland, tres comisionados republicanos que bloquearon un referéndum sobre el tema fueron reemplazados por candidatos que prometieron frenar estos proyectos. Incluso en Wisconsin, un candidato socialista democrático que prometió detener la construcción de centros de datos estuvo a punto de ganar la primaria para gobernador demócrata. En Nueva York, la moratoria sobre centros de datos se convirtió en eje de campaña, y aunque un candidato demócrata vinculado a la Ley de Seguridad de la IA fue derrotado tras una inversión de ocho millones de dólares por parte de multimillonarios tecnológicos, su rival también apoyaba la suspensión de nuevos centros.

Mientras tanto, la batalla legislativa enfrenta presiones opuestas. La Unión Europea aprobó en 2024 una Ley de Inteligencia Artificial destinada a restringir los riesgos inaceptables de la tecnología, pero en mayo pospuso la implementación de restricciones para usos de alto riesgo hasta 2027 o 2028, cediendo a la presión de empresas estadounidenses. Donald Trump ha calificado la regulación de la IA como wokeismo. Pero en Estados Unidos, figuras como Bernie Sanders y Alexandria Ocasio-Cortez apoyan una moratoria nacional sobre construcción de centros de datos, mientras que Ro Khanna, representante de Silicon Valley, ha presentado un manifiesto por un nuevo contrato social tecnológico que prevenga que la IA convierta el debate público en un arma.

Lo que complica todo esto es la desinformación. Los defensores de los centros de datos han llegado a calificar la oposición popular como un deepfake. El gobierno de Trump sugirió que el rechazo estadounidense a la IA sería parte de una conspiración impulsada por China mediante inteligencia artificial. Los críticos llaman a esto data center gaslighting: una manipulación que explota la dificultad de distinguir entre información real y falsa en el entorno digital. Lepore señala que en internet, la mayoría de los mensajes en inglés ya no provienen de humanos, sino de máquinas. Los bots operan sin transparencia sobre sus objetivos o patrocinadores, representando gobiernos, partidos, empresas, sindicatos e incluso actores criminales.

La historiadora sostiene que las democracias liberales están siendo absorbidas por lo que llama el estado artificial: un dominio donde el espacio público ha sido sustituido por arenas digitales automatizadas y controladas por corporaciones privadas. Las democracias de todos los continentes han permitido que los drones informativos reemplacen al demos, desplazando el debate público a escenarios donde la manipulación algorítmica mina la confianza ciudadana.

Lepore invoca una comparación histórica que resulta perturbadora. El profesor James Willard Hurst analizó en 1949 los efectos del automóvil en el derecho estadounidense, identificando más de cien cambios legales derivados: impuestos, seguros, control ambiental, normas de circulación. Hurst argumentaba que la regulación tardía del automóvil tuvo consecuencias fatales, al centrarse más en compensar daños que en prevenirlos. Mientras la radio y la aviación fueron reguladas preventivamente desde el principio, la industria automotriz gozó de un trato laxo durante décadas. Ese análisis, recuperado por un estudiante en 1990 y publicado posteriormente, revela que los avances tecnológicos han impactado profundamente en la legislación, pero que el argumento de que la regulación frena la innovación no es una verdad inmutable. En algunos casos, las normas han hecho que los productos sean no solo más seguros, sino también mejores y más accesibles.

La regulación de la inteligencia artificial se perfila como tema clave de las próximas elecciones estadounidenses, tanto en las legislativas de noviembre como en las presidenciales de 2028. Las grandes tecnológicas argumentan que la regulación limitaría la innovación y pondría en riesgo la seguridad nacional frente al avance de China. Pero la voluntad popular parece inclinarse hacia la restricción y no hacia la expansión de la IA. Lo que suceda en los próximos meses determinará no solo cómo se desarrollará la inteligencia artificial, sino también el futuro de la participación ciudadana en la era digital.

Las democracias de todos los continentes han permitido que los drones informativos reemplacen al demos, desplazando el debate público a escenarios donde la manipulación algorítmica mina la confianza ciudadana
— Jill Lepore, historiadora
La regulación tardía del automóvil tuvo consecuencias fatales, al centrarse más en compensar daños que en prevenirlos
— James Willard Hurst, profesor de la Universidad de Wisconsin
Quieres la nota completa? Lee el original en Infobae ↗
Contáctanos FAQ