Hace tres años, Mistral encarnó el sueño europeo de una inteligencia artificial soberana: joven, abierta, capaz de desafiar a Silicon Valley y Pekín. Hoy, con su modelo más avanzado en el puesto 43 del ranking mundial, la startup francesa abandona silenciosamente esa ambición y se reinventa como integradora de servicios, adoptando incluso tecnología china en su oferta. El giro revela una tensión más profunda que afecta a todo el continente: la distancia que separa el relato de la innovación europea de la realidad competitiva del mercado global de la IA.