Durante más de cuatro siglos, el mundo occidental confió en la proyección de Mercator para representar el globo, sin cuestionar que esa elección técnica también era una elección política. La ONU ha decidido abandonar ese método en sus mapas oficiales, reconociendo que las distorsiones que agrandan el norte y encogen el sur no son errores neutrales, sino consecuencias de prioridades heredadas. En el fondo, este gesto institucional plantea una pregunta más antigua que la cartografía misma: ¿quién decide cómo se ve el mundo, y para beneficio de quién?