En octubre de 2020, la Organización Mundial de la Salud reveló que la pandemia de COVID-19 había interrumpido los servicios de salud mental en el 93% de los países evaluados, justo cuando el sufrimiento psicológico global alcanzaba niveles sin precedentes. El aislamiento, el miedo y la pérdida económica golpearon con mayor fuerza a quienes menos recursos tenían para resistir. La crisis expuso una verdad incómoda que precede a la pandemia: la salud mental ha sido, históricamente, la gran olvidada de los presupuestos públicos, y esa negligencia estructural tiene un precio humano y económico que
La OMS alerta: pandemia interrumpió servicios de salud mental en 93% de países
Menos del 17% de países destinó fondos adicionales pese a compromisos expresados
¿Por qué la OMS decidió hacer esta evaluación precisamente en octubre de 2020? ¿Qué señales les indicaban que algo grave estaba sucediendo?
La pandemia llevaba ya varios meses. Los países habían implementado encierros, y los sistemas de salud estaban bajo presión extrema. La OMS necesitaba entender qué estaba pasando con los servicios que no eran COVID-19 directo, y la salud mental era una preocupación obvia porque el aislamiento y el miedo eran universales.
Pero aquí hay que ser cuidadoso. La evaluación se hizo en 130 países, no en todos. Y cuando dicen que el 93 por ciento tuvo interrupciones, ¿qué tan severas fueron? ¿Una clínica cerrada una semana cuenta igual que un sistema colapsado durante meses?
Ese es un buen punto. ¿Qué tan específicos fueron los datos sobre qué tipo de servicios se interrumpieron?
Bastante específicos, en realidad. El 67 por ciento de países paralizó terapia y psicoterapia. El 65 por ciento detuvo programas para dependencia de opiáceos. Un tercio dejó de hacer intervenciones de emergencia. Eso no es vago.
Cierto, pero esos son porcentajes de países, no de personas. Si un país grande como India tuvo interrupciones leves pero un país pequeño tuvo colapso total, los números se ven iguales. No sabemos cuántas personas realmente perdieron acceso.
¿Y la telemedicina? ¿Fue realmente una solución viable?
Para algunos, sí. Ocho de cada diez países desarrollados lo lograron. Pero en países pobres, apenas la mitad. Eso significa que millones de personas en países de bajos ingresos no tenían ni servicios presenciales ni remotos.
Y tampoco sabemos si la telemedicina funciona igual para todos los tipos de trastornos. Una crisis de ansiedad leve quizá se puede manejar por video. Pero ¿alguien con psicosis severa? ¿Alguien en riesgo de suicidio? Eso es diferente.
El dato que más me impacta es que menos del 17 por ciento de países destinó fondos adicionales, a pesar de que todos dijeron que lo harían. ¿Por qué esa brecha tan grande?
Porque la salud mental siempre ha sido la cenicienta del presupuesto sanitario. Históricamente recibe menos del 2 por ciento. Cuando llegó la crisis, los gobiernos priorizaron COVID-19 directo, y la salud mental quedó atrás de nuevo.
Aunque también hay que decir que no sabemos si esos gobiernos realmente tenían fondos disponibles. Muchos países estaban en crisis fiscal. Algunos quizá quisieron invertir pero no pudieron. El reporte de la OMS no distingue entre "no quisieron" y "no pudieron".
The Pulse
- La pandemia colapsó los servicios de salud mental en casi todo el mundo en el peor momento posible: cuando el miedo, el duelo y el aislamiento disparaban la demanda de atención psicológica.
- Los más vulnerables pagaron el precio más alto: niños, adolescentes, personas mayores y mujeres embarazadas perdieron acceso a servicios críticos en el 60% de los países evaluados.
- La telemedicina intentó cubrir el vacío, pero la brecha digital convirtió esa solución en un privilegio: mientras ocho de cada diez países desarrollados la implementaron, solo la mitad de los países pobres pudo hacerlo.
- Los gobiernos prometieron apoyo, pero casi ninguno actuó: menos del 17% destinó fondos adicionales, ignorando que cada dólar invertido en salud mental genera un retorno de cinco.
En octubre de 2020, la Organización Mundial de la Salud reveló que la pandemia de COVID-19 había interrumpido los servicios de salud mental en el 93% de los países evaluados, justo cuando el sufrimiento psicológico global alcanzaba niveles sin precedentes. El aislamiento, el miedo y la pérdida económica golpearon con mayor fuerza a quienes menos recursos tenían para resistir. La crisis expuso una verdad incómoda que precede a la pandemia: la salud mental ha sido, históricamente, la gran olvidada de los presupuestos públicos, y esa negligencia estructural tiene un precio humano y económico que ninguna sociedad puede permitirse ignorar.
En octubre de 2020, la OMS presentó los resultados de una evaluación realizada en 130 países con un diagnóstico devastador: el 93% de las naciones había sufrido interrupciones significativas en sus servicios de salud mental durante la pandemia de COVID-19. La crisis llegaba en el peor momento posible, cuando el encierro, el miedo al contagio, el duelo y la pérdida de ingresos multiplicaban exponencialmente la necesidad de atención psicológica.
Los datos desglosados revelaban la profundidad del daño. En seis de cada diez países, los grupos más vulnerables —niños, adolescentes, personas mayores y mujeres embarazadas— perdieron acceso a servicios de salud mental. El 67% de los países paralizó programas de terapia y psicoterapia, y un tercio suspendió incluso las intervenciones de emergencia para personas en crisis aguda.
La OMS señaló que este colapso no surgió de la nada: la salud mental recibía históricamente menos del 2% de los presupuestos sanitarios públicos. Antes de la pandemia, la depresión y la ansiedad ya costaban un billón de dólares anuales en pérdida de productividad. Con los servicios desmoronados y las necesidades en aumento, ese costo solo podía crecer.
Algunos países recurrieron a la telemedicina como alternativa, pero la solución fue profundamente desigual: los países desarrollados la implementaron con éxito en ocho de cada diez casos, mientras que en los países de bajos ingresos apenas la mitad pudo hacerlo. La brecha digital se convirtió en una barrera más para quienes ya tenían menos.
Lo más revelador fue la distancia entre las palabras y los hechos. Casi todos los países expresaron a la OMS su compromiso con la salud mental durante la crisis. Sin embargo, menos del 17% destinó fondos adicionales reales. Y esto ocurrió pese a que los propios datos de la organización demostraban que cada dólar invertido en salud mental genera un retorno de cinco: una inversión que se paga a sí misma, ignorada en el momento en que más se necesitaba.
La Organización Mundial de la Salud presentó en octubre de 2020 los resultados de una evaluación realizada en 130 países, y el panorama era desolador: en el 93 por ciento de las naciones del mundo, los servicios de salud mental habían sufrido interrupciones significativas durante la pandemia de COVID-19. No se trataba de un problema menor o marginal. La OMS advertía que estas interrupciones podrían tener consecuencias económicas y sociales profundas, porque la pandemia había multiplicado exponencialmente las necesidades de atención psicológica justo cuando los sistemas de salud mental estaban colapsando.
Los números revelaban la magnitud del daño. En el 60 por ciento de los países evaluados, la atención en salud mental se interrumpió específicamente para las poblaciones más vulnerables: niños, adolescentes, personas mayores y mujeres embarazadas o en período posparto. Cuando se miraba a servicios específicos, la situación era aún más grave. El 67 por ciento de los países paralizó los servicios de terapia y psicoterapia. El 65 por ciento dejó de funcionar los programas destinados al tratamiento de la dependencia de opiáceos. En un tercio de los casos, los países detuvieron completamente las intervenciones de emergencia, aquellas dirigidas a personas con convulsiones prolongadas, delirios o síndromes de abstinencia.
Los factores que agravaron esta crisis eran múltiples y se reforzaban mutuamente. Los encierros obligados, que en algunos países se extendieron durante varios meses, generaron un aislamiento forzado. El miedo generalizado que el coronavirus despertó en la población, particularmente entre los grupos de mayor riesgo, se sumó al duelo por seres queridos fallecidos y a la angustia económica de quienes perdieron sus ingresos. Estas presiones emocionales se acumulaban precisamente cuando menos acceso había a apoyo profesional.
La OMS recordó un problema estructural que precedía a la pandemia: la salud mental había sido históricamente el área de la sanidad que menos recursos recibía de los presupuestos públicos, con un promedio inferior al 2 por ciento. Incluso antes del COVID-19, la pérdida de productividad debida a depresión y ansiedad entre trabajadores se estimaba en un billón de dólares anuales. Ahora, con las necesidades multiplicadas y los servicios interrumpidos, ese costo económico solo podía crecer.
Algunos países intentaron mitigar el problema mediante telemedicina y teleterapia en servicios de salud mental. Sin embargo, esta solución fue profundamente desigual. En los países desarrollados, ocho de cada diez lograron implementar estas alternativas remotas. En los países de bajos ingresos, apenas la mitad consiguió hacerlo. La brecha digital y de recursos se convirtió así en una barrera adicional para acceder a cuidado mental durante la crisis.
La OMS subrayaba que las personas que ya padecían enfermedades mentales, neurológicas o dependencia antes de la pandemia eran más susceptibles a infectarse con el coronavirus. Interrumpir su atención no solo agravaba sus condiciones preexistentes, sino que los exponía a mayor riesgo de contagio. Los datos económicos eran claros: por cada dólar que un gobierno invertía en servicios de salud mental, obtenía un retorno de cinco dólares. Era una inversión que se pagaba a sí misma.
Pero la realidad de los compromisos fue desalentadora. Prácticamente todos los países habían manifestado a la OMS su disposición a apoyar el área de salud mental durante la crisis. Sin embargo, menos del 17 por ciento realmente destinó fondos adicionales para ello. La brecha entre la intención declarada y la acción concreta era abismal. Mientras la pandemia multiplicaba las necesidades psicológicas y los servicios se desmoronaban, los gobiernos no estaban dispuestos a invertir recursos significativos en una solución que, según los propios datos de la OMS, generaba un retorno económico de cinco a uno.
Notable Quotes
La salud mental es el ámbito que menos recursos ha recibido de los presupuestos destinados a la sanidad, con una media por debajo del 2 por ciento, a pesar de que las necesidades no hacen más que aumentar— Organización Mundial de la Salud
Las personas que ya sufrían enfermedades mentales, neurológicas o dependencia antes de la pandemia son más susceptibles a infectarse con el coronavirus— Organización Mundial de la Salud