Casi una de cada dos personas en Latinoamérica trabaja en la informalidad, aunque la tendencia ha disminuido ligeramente 0,7 puntos porcentuales respecto a 2024. La informalidad varía significativamente entre países: cerca del 25% en Chile y Uruguay, pero supera el 80% en Bolivia y ronda el 70% en Perú y Ecuador.
La OIT alerta que el 47 % de latinoamericanos trabaja en la informalidad
Casi la mitad de los trabajadores sin protección ni futuro
¿Por qué la OIT dice que una reducción de 0,7 puntos porcentuales es insuficiente? ¿No es un progreso?
Es progreso, pero muy lento. Si la informalidad cae 0,7 puntos por año, tardaría décadas en alcanzar niveles aceptables. Además, esa reducción ocurre en un contexto donde la región sigue creciendo económicamente. El problema es que el crecimiento no está generando empleos formales de calidad.
Pero espera. ¿Esa cifra del 47 por ciento es para toda la región, o es un promedio que oculta variaciones enormes? Porque si Bolivia está en 80 y Chile en 25, ese 47 no nos dice mucho sobre qué está pasando realmente.
Exacto. ¿Cómo se explica esa diferencia tan grande entre países?
Tiene que ver con la estructura productiva. Chile tiene una economía más diversificada, instituciones más fuertes, más capacidad estatal. Bolivia depende más de sectores informales como la minería artesanal y el comercio callejero. No es solo que haya menos empleos formales; es que la economía misma está estructurada de manera diferente.
Entonces cuando la OIT dice que se necesitan políticas adaptadas a contextos nacionales, está reconociendo que no hay solución única. ¿Pero qué políticas específicas funcionan en un país como Bolivia, donde el 80 por ciento está en la informalidad?
Eso es lo difícil. No hay respuesta fácil. Requiere transformación productiva profunda, inversión en educación, capacidad institucional. Pero también requiere crecimiento económico más fuerte que genere oportunidades.
¿Y por qué afecta más a jóvenes y mujeres?
Porque entran al mercado laboral sin credenciales, sin redes, sin capital. El trabajo disponible para ellos tiende a ser el más precario. Las mujeres además enfrentan discriminación adicional.
Pero el informe no dice cuánto más afecta a estos grupos. ¿Es 10 puntos porcentuales más? ¿50? Sin esos números, es difícil entender la magnitud real del problema para ellos.
¿Qué pasó durante la pandemia que menciona Moreira?
La informalidad aumentó mucho cuando los confinamientos destruyeron empleos formales. Desde entonces los países han intentado recuperarse, pero el progreso ha sido lento.
Y eso sugiere que la informalidad no es solo un problema estructural de largo plazo, sino que también es vulnerable a shocks económicos. Un país que logra bajar la informalidad puede verla dispararse de nuevo con una crisis.
El Pulso
- El 47 por ciento de los trabajadores en Latinoamérica está en la informalidad en 2025
- Bolivia supera el 80 por ciento; Perú y Ecuador rondan el 70 por ciento; Chile y Uruguay están cerca del 25 por ciento
- La informalidad disminuyó 0,7 puntos porcentuales respecto a 2024, pero la OIT considera insuficiente el ritmo de cambio
- Jóvenes y mujeres son desproporcionadamente afectados por la falta de protecciones laborales
Casi una de cada dos personas en Latinoamérica trabaja en la informalidad, aunque la tendencia ha disminuido ligeramente 0,7 puntos porcentuales respecto a 2024. La informalidad varía significativamente entre países: cerca del 25% en Chile y Uruguay, pero supera el 80% en Bolivia y ronda el 70% en Perú y Ecuador.
La OIT advierte que la informalidad laboral sigue siendo un desafío estructural en Latinoamérica, afectando al 47% de los trabajadores en 2025, con tasas superiores al 70% en Perú, Bolivia y Ecuador.
Casi la mitad de los trabajadores en Latinoamérica no tiene acceso a protecciones laborales básicas. Esa es la conclusión central de un informe presentado esta semana por la Organización Internacional del Trabajo: en 2025, el 47 por ciento de la población económicamente activa en la región trabaja en la informalidad, sin cobertura de salud, sin regulación, sin estabilidad.
La cifra representa una ligera mejora respecto a 2024, cuando la tasa era 0,7 puntos porcentuales más alta. Pero ese descenso, según la OIT, es insuficiente. Desde 2021 la informalidad ha disminuido de manera consistente, pero el ritmo del cambio no es lo bastante rápido para transformar una característica que ya está profundamente enraizada en la estructura del mercado laboral regional. Lo que comenzó como un problema coyuntural se ha convertido en un rasgo permanente de cómo funciona el trabajo en América Latina.
La realidad varía dramáticamente de un país a otro. En Chile y Uruguay, la informalidad ronda el 25 por ciento. En el otro extremo, Bolivia supera el 80 por ciento, mientras que Perú y Ecuador rondan el 70 por ciento. Esa disparidad no es un detalle estadístico: obliga a repensar cómo se combate el problema. No existe una solución única. Las políticas que funcionarían en un país con infraestructura institucional fuerte y una base productiva diversa no necesariamente funcionan en contextos donde las capacidades del Estado son más limitadas o donde la economía depende más de sectores de baja productividad.
Los expertos de la OIT subrayan que la informalidad no es solo un problema para los trabajadores individuales. Afecta la estabilidad fiscal de los gobiernos, reduce la productividad agregada de las economías y perpetúa ciclos de pobreza. Un trabajador informal no contribuye al sistema de seguridad social, no tiene acceso a seguros de salud, no está protegido por regulaciones laborales. Cuando enferma, cuando envejece, cuando pierde su fuente de ingresos, no hay red que lo contenga.
Dos grupos cargan con el peso desproporcionado de esta realidad: los jóvenes y las mujeres. Para ellos, la informalidad no es una opción sino una puerta cerrada a oportunidades más estables. Entran al mercado laboral sin credenciales, sin conexiones, sin capital, y encuentran que el trabajo disponible es el que no ofrece protección ni futuro.
Ana Virginia Moreira, directora regional de la OIT para América Latina y el Caribe, señaló que después de la pandemia de covid-19, cuando la informalidad se disparó, los países han intentado reformar su legislación laboral y adaptarse a un nuevo contexto. Pero esos esfuerzos, aunque reales, no han sido suficientes. Lo que falta es voluntad política de más alto nivel, decisiones que vayan más allá de ajustes legislativos puntuales.
La OIT plantea que reducir la informalidad de manera sostenida requiere políticas activas y coordinadas que transformen la estructura productiva y laboral de fondo, no solo sus márgenes. Eso significa inversión en educación, en infraestructura, en capacidad institucional. Significa también un crecimiento económico más intenso que genere empleos de mejor calidad. Pero también significa que cada país debe diseñar su propio camino, adaptando esas políticas a su realidad específica: su estructura productiva, su capacidad institucional, las características de su mercado laboral.
Lo que está en juego es la vida cotidiana de cientos de millones de personas. No es un número abstracto. Es el trabajador que no puede acceder a un crédito porque no tiene contrato formal. Es la madre que no tiene licencia por maternidad. Es el anciano que trabajó toda su vida sin aportar a una pensión. La informalidad es el nombre que le damos a esa precariedad estructural.
Citas Notables
Aunque la tendencia ha sido consistentemente decreciente desde 2021, la reducción observada es todavía insuficiente para modificar el rasgo estructural del mercado laboral— Informe de la OIT, Panorama Laboral 2025
Se requiere una voluntad de más alto nivel para combatir el problema— Ana Virginia Moreira, directora regional de la OIT para América Latina y el Caribe