En el silencioso lenguaje de los indicadores estadísticos, la OCDE ha reescrito parte de su definición de lo que significa ser pobre o rico en la educación global. Investigadores españoles han descubierto que la organización modificó los criterios con los que mide el nivel socioeconómico en las pruebas PISA, desplazando el peso tradicional de los libros en el hogar hacia nuevas variables como la posesión de piscina o suscripciones televisivas. Este cambio, aparentemente técnico, toca una pregunta filosófica más profunda: ¿qué contamos cuando queremos contar la desigualdad?