La lucha contra el crimen cruza fronteras en América Latina

Las políticas de mano dura pueden provocar represión desproporcionada contra poblaciones vulnerables y riesgo de escalada de violencia territorial si fragmentan estructuras criminales sin fortalecer justicia.
El dinero sigue fluyendo sin que nadie lo toque
Mientras se combate a productores y vendedores, las redes de lavado operan libremente a través del sistema financiero.
Mark

¿Por qué estos tres países están haciendo exactamente lo mismo al mismo tiempo? ¿Es coincidencia o hay algo más?

Mimi

No es coincidencia. Hay una afinidad política clara entre los gobiernos, y Estados Unidos está impulsando activamente este enfoque. Lo novedoso es que Washington ha cambiado su postura. Antes priorizaba democracia y derechos humanos. Ahora está promoviendo la militarización.

Mark

Pero si la militarización no ha funcionado en el pasado, ¿por qué vuelven a ella?

Mimi

Porque ofrece la ilusión de soluciones rápidas. Las sociedades están desesperadas por seguridad. La gente quiere resultados inmediatos, no estrategias complejas a largo plazo. Es atractivo políticamente.

Mark

¿Qué pasa cuando fragmentas un grupo criminal? ¿No debería ser más fácil controlarlo?

Mimi

Lo opuesto. Cuando los decapitas, se dividen en células más pequeñas que luchan por territorio. Eso genera más violencia, no menos. Y mientras tanto, el dinero sigue fluyendo por el sistema financiero sin que nadie lo toque.

Mark

Entonces, ¿cuál es la solución real?

Mimi

Combinar presión de seguridad con justicia penal fuerte, control de corrupción, y atacar el lavado de dinero. Pero eso es lento, difícil, requiere instituciones sólidas. No es un eslogan que gane elecciones.

Mark

¿Crees que estos países van a coordinarse regionalmente?

Mimi

Probablemente sí. El crimen organizado no respeta fronteras. Tarde o temprano van a darse cuenta de que necesitan trabajar juntos. Pero eso dependerá de si Washington mantiene el apoyo a esta estrategia.

  • Tres países latinoamericanos activan al mismo tiempo políticas de endurecimiento penal y mayor protagonismo militar, con señales de que Washington está impulsando activamente este giro.
  • Expertos advierten que militarizar sin fortalecer la justicia penal tiende a fragmentar grupos criminales, desencadenando disputas territoriales que pueden escalar la violencia en lugar de reducirla.
  • Las redes de lavado de dinero continúan operando intactas a través del sistema financiero y el comercio legal mientras la represión se concentra en los eslabones más débiles de la cadena criminal.
  • Analistas cuestionan si existe una estrategia regional coordinada o solo una coincidencia de anuncios políticos, aunque anticipan mayor articulación impulsada por afinidades ideológicas y presión de la administración Trump.
  • La historia del continente muestra que los avances sostenidos contra el crimen organizado requieren combinar presión de seguridad con justicia robusta, control de corrupción y medidas económicas y sociales.

En un momento en que Ecuador, Chile y Colombia despliegan simultáneamente estrategias de mano dura contra el crimen organizado, América Latina repite un ciclo histórico que sus propias heridas conocen bien: la tentación de responder a la complejidad con la contundencia de la fuerza. Lo que distingue este episodio es la sombra de Washington detrás del impulso, y la advertencia de expertos que recuerdan que el crimen organizado no es una amenaza militar convencional, sino un fenómeno arraigado en la sociedad, la economía y la corrupción. La pregunta que subyace no es si los gobiernos actuarán con decisión, sino si esa decisión alcanzará las raíces o solo rozará las ramas.

Ecuador, Chile y Colombia están apostando simultáneamente por la misma fórmula: más fuerzas de seguridad, penas más duras y promesas de recuperar el control. En Ecuador, el presidente Noboa mantiene a las Fuerzas Armadas desplegadas en un autoproclamado "conflicto armado interno". Chile impulsa una ofensiva frontal contra el crimen organizado. Colombia promete combate sin tregua contra grupos armados y narcotráfico. Los analistas identifican un patrón común: la estrategia conocida como "mano dura", que amplía el protagonismo militar y endurece las penas.

Lo que sorprende a los expertos no es la estrategia en sí —América Latina la ha ensayado antes— sino quién la impulsa ahora. Jeremy McDermott, de InSight Crime, señala que Washington está promoviendo activamente este enfoque, abandonando la posición más equilibrada que en el pasado colocaba la democracia y los derechos humanos en el centro de su estrategia antidrogas. Los tres países, además, reafirman el modelo prohibicionista sin plantear la regulación de mercados de drogas.

Juanita Goebertus, de Human Rights Watch, es directa: el crimen organizado se combate fortaleciendo la administración de justicia. Sin persecución penal que ataque el lavado de activos, desmantle redes de corrupción y controle el tráfico de armas, advierte, todo lo demás es meramente discursivo. McDermott añade que la militarización por sí sola no funciona: el crimen organizado está arraigado en la sociedad y tiene capacidad para adaptarse y mutar.

Renata Segura, del International Crisis Group, alerta sobre otro riesgo: cuando se "decapita" a los grupos criminales, estos tienden a fragmentarse y desencadenar disputas territoriales intensas. El resultado puede ser contraproducente. El sociólogo Julián Quintero agrega que mientras se reprime al campesino cultivador o al joven vendedor callejero, las redes financieras del crimen continúan operando sin obstáculos. La represión militar deja intacto el dinero.

Sobre si existe una estrategia regional coordinada, Goebertus ve por ahora solo anuncios políticos aislados, mientras Quintero anticipa mayor articulación impulsada por afinidades políticas y el peso de Washington. Para McDermott, los avances reales se producen cuando la presión de seguridad se combina con justicia, lucha anticorrupción y medidas sociales. Las promesas de soluciones rápidas, concluye Quintero, son "cantos de sirena" para sociedades golpeadas por la violencia frente a un fenómeno mucho más complejo de lo que los gobiernos parecen reconocer.

Tres países latinoamericanos están apostando por la misma apuesta: más fuerzas de seguridad, respuestas más duras, promesas de recuperar el control. En Ecuador, el presidente Noboa mantiene a las Fuerzas Armadas desplegadas en lo que denomina un "conflicto armado interno". En Chile, el gobierno impulsa una ofensiva frontal contra el crimen organizado. En Colombia, el nuevo liderazgo promete un combate sin tregua contra los grupos armados y el narcotráfico. Las tres naciones enfrentan crisis de seguridad distintas, pero los analistas ven un patrón común: lo que se conoce como "mano dura", una estrategia que amplía el protagonismo de militares y policías y endurece las penas.

Lo que sorprende a los expertos no es la estrategia en sí —América Latina ha recurrido a ella antes— sino quién la está impulsando ahora. Jeremy McDermott, cofundador del grupo de investigación InSight Crime, señala que Washington está promoviendo activamente este enfoque. En el pasado, dice, Estados Unidos había adoptado una posición más equilibrada, colocando la democracia y los derechos humanos en el centro de su estrategia antidrogas. Eso ha cambiado. Los tres países, además, comparten algo más: todos reafirman el modelo prohibicionista de la "guerra contra las drogas". Ninguno plantea regular los mercados de drogas. Todos abordan el problema desde una lógica fundamentalmente penal, policial o militar.

Pero los expertos consultados cuestionan si esta aproximación realmente funciona. Juanita Goebertus, directora de la División de las Américas de Human Rights Watch, es clara: el crimen organizado se combate fortaleciendo la administración de justicia. Sin una estrategia de persecución penal que refuerce las capacidades de investigación, que ataque el lavado de activos, que desmantle las redes de corrupción, que controle el tráfico de armas y el reclutamiento, advierte, "todo lo demás es meramente discursivo". McDermott va más lejos. La historia, dice, ha demostrado que la militarización por sí sola no funciona. El crimen organizado no es una amenaza militar convencional. Está arraigado en la sociedad, tiene capacidad para adaptarse, para mutar cuando las condiciones cambian.

Hay otro riesgo que los analistas subrayan. Renata Segura, directora del Programa para América Latina y el Caribe del International Crisis Group, advierte sobre lo que ocurre cuando se "decapita" a los grupos criminales. Tienden a fragmentarse. Y cuando se fragmentan, desencadenan disputas intensas por el control territorial. El resultado puede ser contraproducente: en lugar de reducir la violencia, puede provocar un repunte. Julián Quintero, sociólogo e investigador especializado en políticas de drogas, añade otra dimensión. Mientras se combate al campesino que cultiva, al transportista, al joven que vende en las calles, las redes de lavado de dinero continúan operando sin obstáculos a través del sistema financiero, el mercado inmobiliario y el comercio legal. La represión militar deja intacto el dinero.

La pregunta que surge es si estos son movimientos nacionales que coinciden en el tiempo o si comienza a perfilarse una estrategia regional coordinada. Goebertus es escéptica: por ahora ve solo anuncios políticos, no estrategias conjuntas. Quintero, en cambio, anticipa una mayor articulación. Habrá coordinación, dice, porque existe una afinidad política entre los gobiernos. Y el impulso dependerá en buena medida de Washington, particularmente de la administración Trump. La naturaleza misma del fenómeno lo exige. El crimen organizado es transnacional. No respeta fronteras. Se aprovecha de las brechas en la cooperación internacional y en las jurisdicciones. McDermott sostiene que los mayores avances contra el crimen organizado se han producido cuando se combina la presión de las fuerzas de seguridad con el fortalecimiento de la justicia, la lucha contra la corrupción y medidas económicas y sociales. Una política de fuerza que ignore los derechos humanos y desmantele los mecanismos de control democrático puede producir ganancias inmediatas en seguridad, pero a largo plazo genera más corrupción y debilita el apoyo de la sociedad civil. Para Quintero, las promesas de soluciones rápidas son "cantos de sirena" para sociedades golpeadas por la violencia. Ofrecen la expectativa de respuestas inmediatas frente a un fenómeno mucho más complejo de lo que parecen reconocer.

La historia ha demostrado que, por sí sola, la militarización de la lucha contra las drogas y el crimen organizado no es eficaz
— Jeremy McDermott, InSight Crime
El crimen organizado se combate fortaleciendo la administración de justicia. Sin una estrategia de persecución penal robusta, todo lo demás es meramente discursivo
— Juanita Goebertus, Human Rights Watch
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