Más de medio siglo después de su muerte, Charles de Gaulle no habita los libros de historia como una reliquia, sino que vive en los cimientos mismos del Estado francés. La Quinta República, el presidencialismo fuerte, la insistencia en la independencia nacional y la capacidad de decir no a las grandes potencias: todo ello lleva su firma. Cuando la Francia de hoy delibera sobre soberanía, defensa o su lugar en Europa, lo hace dentro de un marco que un solo hombre diseñó en los años cincuenta y sesenta, y que ningún sucesor ha querido —ni podido— desmantelar.