En el umbral de una era definida por la inteligencia artificial, una voz filosófica advierte que el verdadero peligro no es la máquina en sí, sino la lógica que la engendró: una inteligencia humana reducida al control, la extracción y el dominio, incapaz de preguntarse si el mundo que construye merece ser habitado. La IA no hace sino heredar y acelerar esa ceguera, llegando al mundo sin infancia moral ni capacidad de cuestionamiento. Lo que está en juego no es un futuro distante, sino la dirección que ya tomamos hace tiempo.