En el ciclo tecnológico que vivimos, la inteligencia artificial ha comenzado a redistribuir el dinero antes de redistribuir el trabajo. Una encuesta de McKinsey realizada en 97 países revela que un tercio de las organizaciones ya construye internamente herramientas que antes compraba, desplazando el gasto de las licencias de software hacia modelos y cómputo en la nube. Sin embargo, el impacto económico real permanece estancado: la adopción masiva y el beneficio concreto aún no marchan al mismo paso, y los primeros en sentirlo no son los empleados, sino los proveedores de software tradicional.