En un momento en que la inteligencia artificial redefine silenciosamente los cimientos del trabajo, un equipo de investigadores españoles ha trazado un mapa honesto de lo que viene: no el fin del empleo, sino su profunda reconfiguración. El estudio de OdiseIA, impulsado por Google y liderado por Ricardo Palomo desde la Universidad CEU San Pablo, advierte que la transición ya está en marcha y que su desenlace —justo o desigual— dependerá de las decisiones colectivas que tomemos hoy sobre formación, regulación y valores.
La IA reconfigurará el empleo: entre automatización y oportunidades de innovación
La máquina procesa; el humano decide qué hacer con ello
¿Entonces la IA no va a eliminar el empleo como muchos temen?
El estudio sugiere algo más complejo. Hay automatización real de tareas, pero también creación de nuevos empleos. Lo que cambia es la distribución y quién puede acceder a esos nuevos trabajos.
Pero ¿cuántos empleos se pierden versus cuántos se crean? El estudio menciona que surgen empleos en IA y data centers, pero ¿con qué números estamos hablando?
Ese es un punto que el estudio no cuantifica directamente. Habla de crecimiento significativo en cinco años, pero no da cifras específicas de desplazamiento.
¿Y qué pasa con alguien que trabaja en atención al cliente hoy y no puede reentrenarse?
Ese es exactamente el problema que el estudio identifica. Por eso subraya que el reskilling no es opcional, es indispensable. Pero también reconoce que sin políticas adecuadas, esos colectivos quedan marginados.
¿Quién paga la formación? ¿Las empresas, el Estado, el trabajador? El estudio habla de la necesidad pero no de quién financia la transición.
Es una pregunta que el estudio deja abierta. Menciona que la regulación y la ética son claves, pero no especifica cómo se implementan.
¿Entonces el humanismo digital es la respuesta?
Es más bien el marco. Dice que la tecnología no es buena ni mala en sí misma; depende de cómo la usemos. Pero eso requiere decisiones deliberadas sobre regulación, formación y políticas de inclusión.
Eso suena a aspiración más que a plan. ¿Hay ejemplos concretos de cómo otros países están haciendo esto bien?
El estudio menciona la carrera entre Estados Unidos y China, pero no profundiza en modelos específicos de transición laboral.
¿Cuál es el plazo? ¿Cuándo empieza a sentirse realmente este cambio?
El estudio dice que hay impacto moderado ahora, pero crecimiento significativo en los próximos cinco años. Así que estamos en la ventana donde todavía hay tiempo para prepararse, pero no mucho.
The Pulse
- La automatización avanza primero sobre las tareas repetitivas, pero ya alcanza roles administrativos de cualificación media, desafiando jerarquías laborales que parecían estables.
- Nuevos empleos en diseño de IA, gestión de datos y centros tecnológicos emergen con fuerza, pero la redistribución del trabajo es brutal para quienes no pueden hacer la transición.
- El reskilling y el upskilling se han vuelto condiciones de supervivencia laboral, y los expertos insisten en que las habilidades más demandadas combinan lo técnico con lo profundamente humano: creatividad, pensamiento crítico y gestión de relaciones.
- Los colectivos vulnerables —jóvenes, mayores, personas con diversidad funcional— se encuentran en una encrucijada: la IA puede incluirlos o marginarlos según las políticas que se adopten.
- La carrera tecnológica entre Estados Unidos y China convierte la integración de la IA en una cuestión de seguridad nacional, añadiendo presión geopolítica al debate sobre el futuro del empleo.
- Sin regulación ética y cooperación real, la tecnología amplificará las desigualdades existentes; con ellas, el estudio vislumbra un horizonte de humanismo digital todavía alcanzable.
En un momento en que la inteligencia artificial redefine silenciosamente los cimientos del trabajo, un equipo de investigadores españoles ha trazado un mapa honesto de lo que viene: no el fin del empleo, sino su profunda reconfiguración. El estudio de OdiseIA, impulsado por Google y liderado por Ricardo Palomo desde la Universidad CEU San Pablo, advierte que la transición ya está en marcha y que su desenlace —justo o desigual— dependerá de las decisiones colectivas que tomemos hoy sobre formación, regulación y valores.
Durante dos años, un equipo liderado por Ricardo Palomo, catedrático de Economía Financiera en la Universidad CEU San Pablo, estudió cómo la inteligencia artificial está transformando el mercado laboral. El resultado, presentado en octubre de 2025 como parte del grupo OdiseIA e impulsado por Google, no dibuja ni apocalipsis ni panacea: describe un cambio profundo que exige decisiones deliberadas.
Hoy, la IA aún se encuentra en una fase inicial de adopción con impacto moderado. Pero las proyecciones a cinco años son significativas, especialmente en servicios, manufactura, comercio y atención al cliente. La automatización golpea primero las tareas repetitivas y de baja cualificación, aunque el estudio documenta algo más inquietante: los roles administrativos de cualificación media también comienzan a transformarse, cuestionando jerarquías laborales enteras.
Al mismo tiempo, surgen nuevas categorías de empleo que hace una década no existían: diseño de sistemas de IA, gestión de datos, operación de centros tecnológicos. El empleo no desaparece; se redistribuye. Y esa redistribución es brutal para quien no pueda adaptarse. De ahí que el reskilling y el upskilling sean identificados como ejes centrales e indispensables, combinando habilidades técnicas con competencias humanas como la creatividad y el pensamiento crítico.
Los investigadores detectan una percepción dual entre los expertos consultados: la IA como mayordomo digital que multiplica la productividad, pero también como amenaza que puede ampliar desigualdades y vulnerar derechos laborales. La regulación y la ética aplicada son señaladas como las herramientas clave para equilibrar ese escenario. Sin ellas, los que tienen acceso a formación y recursos se adaptan; los que no, quedan atrás.
El estudio dedica especial atención a los colectivos vulnerables —jóvenes, mayores, personas con diversidad funcional— y advierte que su inclusión o marginación en la transición digital no es un resultado inevitable, sino una decisión que se toma o se omite cada día en cada empresa y cada política pública. La dimensión geopolítica añade urgencia: la carrera entre Estados Unidos y China convierte la integración de la IA en un asunto de seguridad nacional con consecuencias directas sobre qué empleos existen y dónde.
El estudio concluye apuntando hacia un humanismo digital: la tecnología no es buena ni mala en sí misma, y será la capacidad de integrarla con valores humanos lo que determine si amplía nuestra humanidad o la reduce. El futuro del trabajo no está escrito, pero el tiempo para escribirlo de forma inclusiva, ética y sostenible se está acortando.
La inteligencia artificial está reescribiendo las reglas del empleo, pero no de la forma que muchos temían. Durante dos años, un equipo de investigadores liderado por Ricardo Palomo, catedrático de Economía Financiera en la Universidad CEU San Pablo, junto a Frank Escandell, Jorge Cerqueiro y Dolores Abuín, ha estudiado cómo esta tecnología está transformando el mercado laboral. El trabajo, impulsado por Google y presentado en octubre de 2025 como parte del grupo 2.1 de OdiseIA, ofrece un retrato matizado: ni apocalipsis ni panacea, sino un cambio profundo que requiere decisiones deliberadas sobre cómo queremos que se desarrolle.
Lo primero que sorprende es la escala actual. La IA está todavía en una fase inicial de adopción, con un impacto moderado en el empleo hoy. Pero los números cambian cuando se mira hacia adelante. En los próximos cinco años, se anticipa un crecimiento significativo, especialmente en sectores como servicios, manufactura, comercio y atención al cliente. El estudio se basa en entrevistas a expertos y cuestionarios abiertos a la sociedad, lo que permite ver tanto las tendencias como las preocupaciones reales de quienes viven estos cambios.
La automatización, cuando llega, golpea primero donde siempre: en las tareas repetitivas y de baja cualificación. Pero el estudio documenta algo más inquietante. Los roles administrativos de cualificación media también están comenzando a transformarse. Esto no es solo pérdida de empleos; es una reconfiguración de cómo funciona el trabajo. La supervisión tradicional, la jerarquía tal como la conocemos, está siendo cuestionada cuando las máquinas pueden hacer lo que antes hacían los supervisores.
Pero aquí es donde la historia se complica de una manera importante. Mientras la automatización elimina ciertas funciones, están surgiendo nuevas categorías de empleo. El diseño de sistemas de IA, la gestión de datos, la operación de centros tecnológicos: estos son trabajos que no existían hace una década y que ahora están en expansión. La industria de microprocesadores y los data centers son ejemplos concretos de sectores que demandan perfiles altamente cualificados. No es que el empleo desaparezca; es que se redistribuye, y esa redistribución es brutal para quien no pueda hacer la transición.
Ahí entra la formación continua, que el estudio identifica como un eje central. El reskilling —aprender nuevas habilidades— y el upskilling —mejorar las existentes— dejan de ser opcionales. Se convierten en condiciones indispensables. Pero no es solo cuestión de programación o análisis de datos. Los expertos entrevistados subrayan que la IA exige tanto habilidades técnicas como competencias profundamente humanas: creatividad, pensamiento crítico, gestión de relaciones interpersonales. La máquina puede procesar información; el humano debe saber qué hacer con ella.
Los investigadores detectan una percepción dual en los expertos. La IA funciona como un mayordomo digital que facilita tareas y aumenta la productividad. Pero es también una amenaza potencial que puede incrementar desigualdades y vulnerar derechos laborales. Esta tensión no se resuelve sola. La regulación y la ética aplicada son identificadas como claves para equilibrar el escenario. Sin ellas, la tecnología amplifica lo que ya existe: los que tienen acceso a formación y recursos se adaptan; los que no, quedan atrás.
El estudio presta atención especial a los colectivos vulnerables. Jóvenes, mayores, personas con diversidad funcional: la IA podría facilitar su inclusión en el mercado laboral si las tecnologías se adaptan deliberadamente a sus necesidades. Pero sin políticas adecuadas, estos grupos corren el riesgo de quedar marginados en la transición digital. No es un riesgo abstracto; es una decisión que se toma o no se toma cada día en cada empresa.
La competencia internacional añade otra capa. Estados Unidos y China están en una carrera tecnológica que ya no es solo económica; es un asunto de seguridad nacional y geopolítica. Los países que integren la IA en sectores estratégicos mantendrán ventajas económicas. Esto tiene implicaciones directas en el empleo: no es solo qué trabajos existen, sino dónde existen y quién puede acceder a ellos.
Al final, el estudio apunta hacia lo que llama humanismo digital. La tecnología no es buena ni mala en sí misma; será nuestra capacidad de integrarla con valores humanos lo que determine si amplía nuestra humanidad o la reduce. El reto no está en detener la IA ni en rendirse ante ella, sino en convertir los riesgos en oportunidades mediante formación deliberada, regulación clara y cooperación real. El futuro del trabajo no está escrito. Todavía hay tiempo para escribirlo de forma que sea inclusivo, ético y sostenible.
Notable Quotes
La tecnología no es buena ni mala en sí misma: será nuestra capacidad de integrarla con valores humanos lo que determine si amplía nuestra humanidad o la reduce— Conclusión del estudio OdiseIA sobre humanismo digital