La frustración social alimenta culturas machistas, según nuevo ensayo sobre masculinidades

La frustración alimenta culturas machistas cuando no hay otras formas de sentir que importa
Delgado analiza cómo la ausencia de futuros deseables en la cultura neoliberal canaliza la intensidad emocional hacia discursos violentos.

En un momento en que la frustración social se convierte en combustible político, el sociólogo Lionel Delgado publica 'Tristes y salvajes', un ensayo que interroga no quién ejerce la violencia ni quién la padece, sino por qué la desea. Desde el análisis de los afectos y los placeres que producen las culturas machistas en el contexto neoliberal, Delgado propone que los discursos de odio no seducen por el poder que prometen, sino por la intensidad emocional que ofrecen a quienes sienten que el mundo les ha fallado. Es una invitación a comprender antes de condenar, convencido de que solo entendiendo el deseo es posible ofrecer alternativas que no pasen por la destrucción.

  • Los discursos violentos y reaccionarios ganan terreno no porque ofrezcan privilegios, sino porque llenan un vacío emocional que la cultura neoliberal ha dejado en millones de personas.
  • La violencia digital tiene raíces en estructuras físicas —la familia, la heterosexualidad obligatoria— pero casi nadie la estudia desde el ángulo del placer que genera en quien la ejerce.
  • Delgado detecta un tercer plano ignorado por los análisis habituales: ni la víctima ni el agresor interesado, sino el sujeto que encuentra en lo políticamente incorrecto una sensación de liberación y existencia.
  • El ensayo propone que la frustración acumulada bajo el neoliberalismo es material político activo, y que las masculinidades reaccionarias la canalizan con una eficacia que la izquierda aún no ha sabido disputar.
  • La respuesta que plantea el autor no es la condena moral sino la construcción de otras políticas del deseo: formas de vivir la intensidad que no requieran la destrucción de otros.

Lionel Delgado, sociólogo e investigador con años de trabajo formativo junto a jóvenes y docentes, acaba de publicar 'Tristes y salvajes. Políticas del deseo más allá de la manosfera' en la editorial Ariel. El libro parte de una pregunta que rara vez se formula con honestidad: ¿por qué nos atraen los discursos de odio?

La mayoría de los análisis sobre violencia y reaccionarismo, señala Delgado, se mueven entre dos polos: la perspectiva de quienes sufren la violencia y la de quienes la ejercen para preservar privilegios. Pero existe un tercer plano, más incómodo y menos explorado: el de los afectos, el del placer. ¿Por qué lo políticamente incorrecto se experimenta como una liberación? ¿Por qué deseamos aquello que nos hace daño?

El contexto que articula el ensayo es el de una cultura neoliberal que ha dejado a amplias poblaciones frustradas, con la sensación de que el sistema incumplió sus promesas. Esa frustración, argumenta Delgado, es material político que alimenta las culturas machistas. Los discursos violentos no ganan adeptos solo por ofrecer poder: ganan porque ofrecen intensidad emocional, una forma de sentir que el orden neoliberal ha vaciado.

La violencia digital, en este marco, no es una aberración sino un síntoma. Tiene raíces en estructuras offline —la familia, la heterosexualidad obligatoria— y apunta hacia una crisis de sentido más profunda: una población que busca desesperadamente señales de que existe. Delgado ha visto funcionar estos mecanismos desde adentro, en sus propias formaciones, y concluye que la única intervención posible pasa primero por comprender sin juzgar. Solo desde ahí es posible construir otras políticas del deseo —otras formas de vivir la intensidad— que no requieran la destrucción de nadie.

Lionel Delgado es sociólogo, investigador y formador. Acaba de publicar un ensayo titulado Tristes y salvajes. Políticas del deseo más allá de la manosfera en la editorial Ariel, y en sus páginas se plantea una pregunta que pocas veces se formula con claridad: ¿por qué nos atraen los discursos de odio?

La pregunta no es retórica. Delgado ha pasado años trabajando con jóvenes y profesorado en formaciones sobre masculinidades, escuchando cómo piensan, qué los mueve, qué los seduce. Y ha notado algo que la mayoría de los análisis sobre violencia y reaccionarismo pasan por alto: casi siempre hablamos de estos fenómenos desde dos ángulos. O bien desde la perspectiva de quienes sufren la violencia, o bien desde la de quienes la ejercen porque desean preservar sus privilegios. Pero hay un tercer plano, menos explorado y quizá más incómodo. El de los afectos. El del placer.

Esta es la brújula del ensayo. ¿Por qué lo políticamente incorrecto se experimenta como una liberación? ¿Por qué deseamos aquello que nos hace daño? Estas preguntas nacen de una observación más amplia: la violencia que circula en espacios digitales no surge de la nada. Tiene raíces profundas en estructuras offline, en instituciones como la familia, en sistemas como la heterosexualidad obligatoria. Pero lo que Delgado quiere entender es cómo esas estructuras generan afectos específicos, cómo producen placer, cómo se vuelven seductoras.

El contexto es crucial. Vivimos en una cultura neoliberal que ha dejado a muchas personas frustradas, hastiadas, con la sensación de que el sistema no les ofrece lo que prometía. Esa frustración es material político. Y según el análisis de Delgado, esa frustración alimenta culturas machistas. Los discursos violentos y reaccionarios no ganan adeptos solo porque ofrezcan poder o privilegio. Ganan porque ofrecen algo más inmediato: una forma de sentir, una intensidad emocional, una sensación de estar vivo que el orden neoliberal ha vaciado.

El ensayo busca responder estas cuestiones no desde la moral, sino desde la política de los deseos. No se trata de condenar a quienes caen en estas trampas, sino de entender qué necesidades reales están siendo canalizadas hacia lugares destructivos. La violencia digital, en este sentido, no es un accidente o una aberración. Es un síntoma. Y como todo síntoma, apunta hacia algo más profundo: una crisis de sentido, una ausencia de futuros deseables, una población que busca desesperadamente formas de sentir que le hagan saber que existe.

Delgado ha trabajado estas ideas directamente con los jóvenes a través de sus formaciones. Ha visto cómo funcionan estos discursos desde adentro, cómo se propagan, cómo se vuelven pegajosos. Y ha decidido que la única forma de intervenir es primero entender, sin juzgar, por qué resultan tan atractivos. Solo entonces es posible ofrecer alternativas que no sean simplemente prohibir o condenar, sino que ofrezcan otras formas de vivir la intensidad, otras políticas del deseo que no pasen por la destrucción de otros.

¿Por qué seducen tanto los discursos de odio? ¿Por qué lo políticamente incorrecto se vive como una liberación? ¿Y por qué deseamos aquello que nos hace daño?
— Lionel Delgado, sociólogo e investigador
The Hearth Conversation Another angle on the story
Inventor

¿Por qué crees que la frustración social es tan importante en este análisis? Parece que estás diciendo que la gente no elige estos discursos por convicción, sino por desesperación.

Model

No exactamente. La frustración es el terreno, pero la elección es real. Lo que intento entender es cómo la cultura neoliberal ha dejado a tanta gente sin formas legítimas de sentir intensidad, de sentir que importa. Los discursos violentos ofrecen eso. Ofrecen una forma de estar vivo.

Inventor

Pero eso suena a que estás excusando la violencia. Como si dijeras: bueno, si la gente está frustrada, es comprensible que odie.

Model

No. Comprensión no es excusa. Es la única forma de intervenir. Si solo condenamos, si solo decimos que estos discursos son malos, no cambia nada. La gente sigue buscando esa intensidad en otro lado. Pero si entendemos qué necesidad real está siendo satisfecha de forma destructiva, entonces podemos ofrecer alternativas.

Inventor

¿Y cuáles serían esas alternativas?

Model

Eso es lo que el ensayo deja abierto. No tengo todas las respuestas. Pero tiene que ver con crear espacios donde la gente pueda experimentar formas de poder, de comunidad, de intensidad que no pasen por la destrucción de otros. Tiene que ver con políticas del deseo que no sean reaccionarias.

Inventor

¿Crees que los jóvenes con los que trabajas entienden esto cuando se lo explicas?

Model

Algunos sí. Cuando empiezas a hablar de afectos en lugar de ideología, algo cambia. De repente no estás atacando sus creencias. Estás preguntando qué necesitan, qué buscan. Y eso abre conversaciones que de otro modo serían imposibles.

Contact Us FAQ