En un continente donde la ultraderecha avanza como marea, Suecia ha elegido nadar a contracorriente: las elecciones de 2026 castigaron a los partidos nacionalistas y premiaron al Partido de la Izquierda, la fuerza de mayor crecimiento electoral. La fractura interna que atraviesa la extrema derecha sueca revela que ningún movimiento político es inmune al desgaste, y que la prosperidad económica puede silenciar los mensajes del miedo. Este resultado no reescribe el mapa europeo, pero sí recuerda que el destino de las democracias no está escrito de antemano.