Friedrich Merz llegó a la cancillería alemana prometiendo estabilidad, pero nueve meses después cada elección regional se ha convertido en un veredicto sobre su capacidad de gobernar. La debacle de la CDU en Mecklemburgo no es un accidente aislado, sino el último episodio de un patrón que erosiona la autoridad del canciller ante sus propios aliados de coalición. En la política alemana contemporánea, lo local y lo nacional se han fundido en un solo juicio: el de si Merz merece seguir al frente.