En la Mostra de Venecia, uno de los escaparates culturales más antiguos del mundo, una película de proporciones épicas llamada DAU ha irrumpido para sumergir al espectador en la cotidianidad soviética, reavivando lo que los observadores llaman la 'cuestión rusa'. Más allá del mérito cinematográfico, su presencia interroga quién tiene el derecho de narrar el pasado y desde qué lugar se autorizan esas historias en los grandes foros internacionales. El festival, como siempre, se convierte en espejo de tensiones que el cine nunca logra —ni pretende— resolver del todo.