La ciencia revela que el tok pisin suena mejor que el francés o italiano

La belleza lingüística se escenifica en el oído, afectada por estereotipos culturales
La investigación revela que la percepción de hermosura en un idioma depende más de asociaciones culturales que de características sonoras objetivas.

La percepción de belleza lingüística depende más de asociaciones culturales que de características sonoras objetivas del idioma. Un estudio de 820 participantes reveló que idiomas desconocidos reciben valoraciones similares, con diferencias de apenas 2-3% entre ellos.

  • Estudio de 820 participantes con 228 idiomas diferentes
  • Tok pisin: 5 vocales, 17 consonantes; checheno: 40-60 consonantes
  • Lenguas desconocidas reciben valoraciones similares con diferencias de apenas 2-3%
  • Familiaridad aumenta valoración de una lengua en 12,2 por ciento

Investigaciones científicas demuestran que la belleza de un idioma no es intrínseca sino resultado de familiaridad y estereotipos culturales. El tok pisin de Papúa Nueva Guinea resultó ser la lengua más agradable, mientras que el checheno la menos atractiva.

Cuando escuchamos hablar a alguien en francés, nos parece elegante y suave. El italiano nos suena musical y seductor. El alemán, en cambio, nos golpea con dureza. Pero aquí está lo curioso: esa sensación de belleza o fealdad lingüística casi nunca viene del sonido en sí mismo. Viene de lo que creemos sobre quién habla, de dónde viene, qué cultura representa. El español hablado en Madrid suena distinto al español hablado en Los Ángeles, aunque las palabras y la pronunciación sean idénticas. La diferencia está en nosotros, no en la lengua.

Los investigadores llevan años intentando responder una pregunta fundamental: ¿existe algún idioma que sea intrínsecamente hermoso o desagradable? En 2005, la Universidad de Georgia descubrió que los hablantes nativos de inglés estadounidenses habían construido categorías sociales escalonadas para los extranjeros, y que esas categorías generaban discriminación lingüística. Años después, un estudio de Cardiff sobre acentos británicos confirmó que el inglés estándar, el escocés y el francés ocupaban los primeros lugares en atractivo, mientras que las lenguas asiáticas, el alemán y el acento de Birmingham quedaban al fondo. Pero ¿era el sonido, o era la cultura?

Para responder con rigor, investigadores de la Universidad sueca de Lund y la Academia Rusa de las Ciencias reunieron a 820 participantes de distintas nacionalidades. Les hicieron escuchar 50 grabaciones elegidas al azar de entre 228 idiomas diferentes, todas tomadas de la película Jesús, que ha sido traducida a más de mil lenguas y se usa frecuentemente en investigaciones lingüísticas. Pidieron a los participantes que identificaran cada lengua y que dijeran cuánto les gustaba escucharla. Los resultados, publicados en Proceedings of the National Academy of Sciences, fueron reveladores. Cuando reconocían una lengua, la valoraban un 12,2 por ciento más, incluso si se equivocaban al identificarla. La familiaridad, pues, es un factor decisivo.

Pero lo verdaderamente interesante ocurrió con las lenguas que no reconocían. Las diferencias entre ellas fueron mínimas: apenas un 2 o 3 por ciento separaba a la más valorada de la menos valorada. Los investigadores concluyeron algo radical: las lenguas habladas en distintas partes del mundo no son en sí mismas bellas o desagradables. La belleza es un espejismo auditivo, una proyección de nuestros prejuicios culturales.

Salvo por dos excepciones notables. El tok pisin, un criollo de base inglesa nacido en Papúa Nueva Guinea, resultó ser la lengua más agradable al oído en el estudio. Surgió de una necesidad práctica: facilitar la comunicación entre hablantes de más de ochocientas lenguas distintas. Su nombre viene del inglés talk, hablar, y pidgin. Lo que lo hace especial es su extrema simplicidad: solo cinco vocales y diecisiete consonantes, un sistema de sonidos que el oído humano procesa sin esfuerzo. Su vocabulario crece de manera lógica y casi infantil. Si haus es casa, hausboi es sirviente y hausmeri es sirvienta. Haus kaikai es restaurante, haus moni es banco, haus sik es hospital. Esa previsibilidad, esa estructura que se entiende a poco que se preste atención, parece ser lo que lo hace sonar bien.

En el extremo opuesto está el checheno, la lengua menos agradable según el estudio, aunque solo seis puntos porcentuales por debajo del tok pisin. El checheno es la antítesis de la simplicidad. Contiene entre 40 y 60 consonantes según el dialecto, frente a las 19 o 24 del español. Pero no es solo el número. El checheno permite agrupaciones de consonantes que el oído hispanohablante percibe como un atasco, un amontonamiento de sonidos sin las vocales que los separarían. Donde el español casi nunca permite más de dos consonantes seguidas, el checheno permite secuencias de tres, con variantes articulatorias que incluyen consonantes eyectivas, geminadas y faringealizadas, técnicas de pronunciación que un hispanohablante sería incapaz de imitar sin entrenamiento intenso.

La mayoría de las lenguas del mundo se sitúan en algún punto intermedio entre estos dos extremos. Ni tan simples como el tok pisin ni tan complejas como el checheno. Quizá por eso no llaman la atención de nadie. La belleza lingüística, al final, no es intrínseca. Se escenifica en el oído, afectado por los estereotipos culturales y también, simplemente, por la facilidad o dificultad con que ese oído puede procesar lo que escucha. Y sin embargo, cada uno de nosotros sabe que hay acentos específicos que nos atraen de maneras que ningún estudio podría predecir: el dialecto de San Sebastián en euskera, el mallorquín en catalán, el acento malagueño o canario en español. Esas preferencias personales escapan a la ciencia. Pertenecen al territorio privado del gusto.

Los idiomas, en realidad, son un reflejo del gracejo de quien los habla, o de cómo percibimos esa desenvoltura
— Análisis del artículo
Las lenguas habladas en distintas partes del mundo no son en sí mismas bellas o desagradables, independientemente del oído de quien las escucha
— Conclusión de investigadores de Lund y Academia Rusa de las Ciencias
The Hearth Conversation Another angle on the story
Inventor

¿Por qué creemos que el francés suena mejor que el checheno si, según la ciencia, no hay diferencia intrínseca?

Model

Porque asociamos el francés con París, con sofisticación, con una cultura que admiramos. El checheno lo asociamos con lo desconocido, lo lejano, lo difícil. El sonido es solo el pretexto.

Inventor

Pero el tok pisin ganó el estudio. ¿Eso significa que sí hay algo objetivamente hermoso en su estructura?

Model

No exactamente. Lo que pasó es que su simplicidad lo hace procesable para cualquier oído, sin importar la lengua materna. Es como si ofreciera menos resistencia. Pero eso no es belleza intrínseca, es accesibilidad.

Inventor

¿Entonces la familiaridad lo explica todo?

Model

Casi todo. El estudio mostró que cuando reconocemos una lengua, la valoramos un 12 por ciento más. Pero cuando no la reconocemos, casi todas suenan igual de bien o mal. La familiaridad es el factor dominante.

Inventor

¿Y por qué el checheno quedó al fondo si es tan desconocido como otras lenguas?

Model

Porque su complejidad consonántica lo hace difícil de procesar incluso para un oído sin prejuicios. Tiene 40 o 60 consonantes. El español tiene 19. Eso crea fricción auditiva, independientemente de lo que pensemos de Chechenia.

Inventor

¿Significa eso que la complejidad siempre suena mal?

Model

No. Significa que la complejidad requiere más trabajo mental para procesar. El tok pisin es fácil, el checheno es difícil. Pero la mayoría de las lenguas están en el medio, donde nadie las nota.

Inventor

¿Entonces nuestros gustos personales por ciertos acentos son completamente arbitrarios?

Model

No son arbitrarios, pero tampoco son predecibles por la ciencia. Están hechos de experiencias personales, de encuentros, de momentos. La ciencia puede explicar por qué creemos que el francés es hermoso. No puede explicar por qué te encanta el acento malagueño.

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