Cuando la Luna se interpuso entre la Tierra y el Sol sobre Galicia, la ciencia demostró una vez más su capacidad de predecir con exactitud lo que el cosmos tiene preparado con siglos de antelación. Las nubes negaron la visión de la corona solar, pero no pudieron arrebatar lo esencial: la caída repentina de la luz, el frío inesperado y el asombro compartido de cientos de personas que, en ese instante, comprendieron de manera visceral que el conocimiento científico no es una opinión, sino una brújula fiable. En tiempos en que la desconfianza hacia los expertos se ha convertido casi en ideología,