En el repertorio aparentemente trivial de los chistes paternos vive una forma antigua de pertenencia: la risa compartida como lenguaje de intimidad. Psicólogos especializados en crianza explican que esos chistes predecibles y deliberadamente malos no buscan el ingenio, sino el encuentro, creando rituales de complicidad que fortalecen el vínculo entre padres e hijos a lo largo del desarrollo. La ciencia respalda lo que la intuición familiar ya sabía, aunque con una advertencia: el humor solo cumple esa función cuando el hijo tiene libertad real de no reírse.