Suecia, nación que ha erigido su reputación sobre la igualdad de género, enfrenta una paradoja incómoda antes de sus elecciones del domingo: los hombres votan por la ultraderecha a tasas significativamente mayores que las mujeres, revelando una fractura que contradice el relato igualitario que el país ha proyectado al mundo. Esta divergencia no es un accidente estadístico, sino el reflejo de tensiones más hondas —económicas, culturales, identitarias— que los partidos tradicionales no han sabido contener. Lo que se decide en las urnas no es solo la composición del parlamento, sino la coherencia