Durante quince años, Gabriel vivió atrapado en un ciclo que no supo nombrar hasta que el daño ya era visible: depresión, aislamiento y un cuerpo que acusaba el peso de horas interminables frente a una pantalla. Su historia personal coincide con un momento en que las grandes plataformas digitales enfrentan preguntas incómodas sobre si sus diseños fueron concebidos para servir a los usuarios o para consumirlos. En el cruce entre la experiencia íntima y la responsabilidad corporativa, emerge una pregunta que la sociedad apenas comienza a formular con seriedad: ¿quién custodia nuestra atención?
La batalla de Gabriel contra la adicción a redes sociales: cómo recuperó el control
Gabriel experimentó depresión, aislamiento, falta de autocuidado, dificultades académicas y laborales, además de tendinitis en las manos por uso prolongado de dispositivos.