La arqueogenetista Eva Fernández-Domínguez: «Desde que somos humanos todas las razas se han mezclado»

Al invasor no lo entierras en casa
La arqueogenetista explica que enterrar juntos a locales y forasteros evidencia integración ancestral, no rechazo.
Mark

¿Cómo se puede saber si alguien que fue enterrado hace doce mil años era de otro lugar?

Mimi

El esmalte de los dientes no se renueva en toda la vida. Guarda un registro químico de dónde creciste y qué comiste. Es como un pasaporte escrito en calcio y fósforo.

Mark

Y cuando encuentran a un forastero enterrado junto a locales, ¿qué significa realmente?

Mimi

Significa que no lo rechazaban. Si lo incluían en la muerte, con los rituales funerarios de la comunidad, es porque ya lo habían incluido en la vida. Probablemente había matrimonios entre grupos.

Mark

¿La agricultura fue entonces lo que permitió esa mezcla?

Mimi

No exactamente. La mezcla ocurría incluso antes. Pero la agricultura permitió poblaciones más grandes y asentadas, lo que hizo la mezcla más visible en el registro genético.

Mark

¿Qué pasa con la idea de que la xenofobia es natural, ancestral?

Mimi

Los datos no la apoyan. Si fuera ancestral, esperaríamos encontrar segregación en los entierros. Pero no la hay. Encuentras familias mixtas desde el neolítico.

Mark

¿Entonces la pureza racial es un invento moderno?

Mimi

Exactamente. Es una ficción. Cavalli-Sforza lo dijo bien: toda pureza racial es una mezcla olvidada. Hemos estado mezclados desde siempre.

Mark

¿Qué nos dice eso sobre quiénes somos ahora?

Mimi

Que la diversidad no es una amenaza reciente. Es lo que nos hizo humanos. Es lo que nos permitió prosperar.

  • Análisis de ADN en yacimientos neolíticos revela individuos locales y forasteros enterrados juntos
  • La diversidad genética aumentó hace 12.000 años con la agricultura en el creciente fértil
  • El esmalte dental retiene información sobre dónde crecieron y se alimentaron los antiguos pobladores
  • En yacimientos más antiguos de Turquía había mayor endogamia que en posteriores y más grandes

El análisis de ADN en excavaciones neolíticas revela que poblaciones antiguas integraban forasteros en vida y muerte, refutando teorías de pureza racial. La diversidad genética aumentó con la agricultura hace 12.000 años, correlacionando con mayor prosperidad y desarrollo cultural en sociedades neolíticas.

Arqueogenetista Eva Fernández-Domínguez documenta que nunca existió raza pura humana; hallazgos en yacimientos neolíticos muestran individuos locales y forasteros enterrados juntos, evidenciando integración ancestral.

Eva Fernández-Domínguez tiene 51 años y siente que ha llegado el momento de ceder el paso a sus estudiantes. Nació en Badalona, se doctoró en Biología por la Universidad de Barcelona y ha construido una carrera en la intersección entre arqueología y genética. Trabaja en Durham y ha disertado sobre sus hallazgos en espacios como el Palau Macaya de la Fundació La Caixa. Su campo exige una cosa por encima de todas: honestidad.

Lo que Fernández-Domínguez ha documentado en yacimientos neolíticos de hace doce mil años desafía una pregunta que ha perseguido a la humanidad durante siglos: ¿existió alguna vez una raza humana pura? La respuesta, según su investigación, es no. Nunca la hubo. El genetista Cavalli-Sforza ya lo demostró al estudiar la estructura genética de poblaciones actuales, pero ahora, con técnicas de análisis de ADN avanzadas, es posible recuperar genomas completos de restos antiguos, establecer relaciones familiares entre pobladores neolíticos y ver con precisión si las poblaciones se mezclaban. Lo que emerge de estos análisis es un retrato de integración que contradice narrativas de pureza ancestral.

En todos los yacimientos neolíticos que ha estudiado, Fernández-Domínguez y sus colegas han encontrado algo consistente: individuos locales enterrados junto a individuos forasteros. Saben quién es forastero porque sus huesos guardan un registro geológico. El esmalte dental, que no se renueva a lo largo de la vida, retiene información sobre dónde crecieron y de qué se alimentaron. Un forastero llevaba en sus dientes la firma de otra tierra. Pero lo crucial es que estaban enterrados juntos, lo que sugiere vínculos familiares profundos entre locales y llegados de fuera. Como dice Fernández-Domínguez con una lógica que resulta casi obvia: al invasor no lo entierras en casa. Si incluías al forastero en la muerte, es porque lo habías incluido en la vida.

Esta integración se correlaciona con algo más: la diversidad genética aumentó significativamente cuando las poblaciones neolíticas comenzaron a cultivar la tierra hace aproximadamente doce mil años en el creciente fértil, la región que hoy abarca Siria y sus alrededores. En los yacimientos más antiguos del neolítico en lo que hoy es Turquía, la endogamia era mayor. Pero conforme las sociedades crecieron y se volvieron más prósperas, la diversidad genética se incrementó. Y con esa diversidad llegó el progreso cultural. No es coincidencia. La agricultura misma surgió de una conjunción de factores climáticos: un enfriamiento seguido de un calentamiento que obligó a las poblaciones a tomar control sobre sus recursos, a decidir cuándo plantar y cuándo cosechar, a independizarse del entorno. Ese cambio permitió poblaciones más grandes, asentamientos permanentes, y con ellos, la necesidad de integrar a quienes llegaban de otros lugares.

Fernández-Domínguez es cautelosa al hablar de si la agricultura fue progreso o retroceso. Esa es una pregunta filosófica, dice. Algunos especialistas señalan que la agricultura trajo esclavitud y epidemias. Otros ven en ella el fundamento de la civilización. Lo que la arqueogenetista puede afirmar con certeza es que la agricultura y la ganadería permitieron a las poblaciones ser independientes del entorno en el momento en que el clima lo hacía posible. Creó dependencia de la cosecha y del territorio, sí, pero también permitió que más personas vivieran juntas.

Lo que emerge de todo esto es una verdad que Fernández-Domínguez reconoce puede resultar incómoda para algunos: no existe una raza pura. Todos estamos mezclados desde tiempos ancestrales. Desde que somos humanos, todas las razas se han mezclado. Los hallazgos en excavaciones como las del profesor Miquel Molist en el Éufrates lo demuestran con la precisión que solo el ADN puede ofrecer. La pregunta que queda abierta es si esto nos dice algo sobre la xenofobia. ¿Es ancestral el rechazo al forastero? Los datos sugieren lo contrario. En el neolítico, cuando las sociedades eran pequeñas y vulnerables, cuando cada mano contaba, integraban a quienes llegaban. Los enterraban con los suyos. Eso es lo que los huesos nos dicen.

Nunca existió una raza humana pura; todos estamos mezclados desde tiempos ancestrales
— Eva Fernández-Domínguez, arqueogenetista
Toda pureza racial es una mezcla olvidada
— Luigi Cavalli-Sforza, genetista (citado por Fernández-Domínguez)
Quieres la nota completa? Lee el original en La Vanguardia ↗
Contáctanos FAQ