A lo largo de la historia, los regímenes que temen la disidencia han recurrido a un mismo instrumento: despojar de su pertenencia a quienes se atreven a pensar en voz alta. Hoy, esa práctica resurge en Israel, Nicaragua, El Salvador y España bajo distintas formas, pero con idéntica lógica: convertir la ciudadanía en recompensa para los obedientes y en castigo para los libres. Lo que distingue a una democracia de una tiranía no es la prosperidad ni el orden, sino la capacidad de tolerar la voz que la incomoda.
La amenaza de retirar nacionalidad a disidentes resurge como delirio autoritario
Directores israelíes enfrentan amenaza de apatridia; ciudadanos españoles tienen derechos de voto congelados; críticos políticos en Nicaragua y El Salvador son expulsados o encarcelados sin garantías.