Veinticinco años después de que Al Qaeda sacudiera los cimientos del orden mundial con los atentados del 11 de septiembre, la organización no ha perecido sino que ha mudado de piel: de pirámide centralizada bajo Bin Laden a constelación dispersa de células y filiales que encuentran en la fragilidad de los Estados africanos su nuevo hogar. La amenaza no ha desaparecido; ha aprendido a volverse invisible para los instrumentos diseñados para combatirla, recordándonos que las ideologías violentas rara vez mueren por decreto, sino que se adaptan a los márgenes que la historia les deja.