En Sancti Spíritus, Cuba, un maestro de más de setenta años regresa al aula de primaria con la misma convicción con que llegó por primera vez en 1974: la infancia es el territorio donde se siembra todo lo que el ser humano llegará a ser. José Ramón Plasencia Cruz no concibe la enseñanza como una profesión que se abandona, sino como un espejo que uno sostiene frente a los niños para que descubran su propio reflejo. Su historia no es la de un hombre que resiste el paso del tiempo, sino la de alguien que nunca permitió que el tiempo lo alejara de lo esencial.