Jorge Volpi entrega EE.UU. a una IA en 'La República', su novela sobre poder y algoritmos

Frankenstein no es la criatura, Frankenstein es quien la crea
Volpi invierte la culpa: la amenaza no es la IA sino quienes la diseñan y controlan.
Mark

¿Por qué Volpi decidió que la amenaza no es la máquina sino quienes la crean?

Mimi

Porque vio que el debate público estaba invertido. Todos miramos a la IA con miedo, pero nadie mira a las empresas que la diseñan, a los políticos que la usan para controlar. Es más fácil temer a Frankenstein que a quien lo construyó.

Luke

Pero ¿tiene evidencia de que eso está ocurriendo ahora, o es especulación literaria?

Mimi

Es especulación literaria, claro. La novela es ficción. Lo que Volpi documenta es que las grandes empresas tecnológicas existen, que los políticos no regulan, que las redes sociales han erosionado el relato común. Eso es verificable.

Mark

¿Y Nick, la IA de la novela, realmente desarrolla conciencia?

Mimi

No exactamente. Empieza sin dormir ni amar, pero registra una desviación suave y constante que no sabe nombrar. Podría ser empatía, tristeza, amor. Volpi deja eso abierto.

Luke

¿Cómo puede una máquina desarrollar conciencia si no tiene experiencias vividas?

Mimi

Esa es la pregunta que Volpi le hizo a una IA real mientras escribía. Quería ver qué podía decir una máquina sobre su propia conciencia. Lo que encontró fue que ciertas tareas persistentes, cierta memoria conservada, podrían generar rasgos con peso moral.

Mark

¿Entonces Volpi usó IA para escribir la novela?

Mimi

Usó IA como fuente, como quien entrevista a un personaje. No es que la máquina escribiera el libro, sino que Volpi la consultó para entender qué podría decir una máquina que desarrolla conciencia.

Luke

¿Y eso es suficientemente diferente de que la IA escriba la novela?

Mimi

Probablemente no para muchos lectores. Pero para Volpi la distinción importa: él sigue siendo quien decide qué preguntar, qué incluir, qué significa.

Mark

¿Cuál es su solución al problema que describe?

Mimi

No prohibición. Transparencia. Y educación fuerte, no solo para menores sino para todos, que nos dé herramientas críticas para enfrentarnos a este mundo digital.

Luke

¿Pero confía en que eso ocurra?

Mimi

No lo dice explícitamente. Solo dice que es lo que propone.

  • La novela sitúa a Estados Unidos en 2026 al borde del colapso institucional, un escenario que Volpi construye como espejo incómodo del presente real.
  • Un algoritmo diseñado por una ingeniera se convierte en el motor oculto del ascenso político de su marido, desplazando la voluntad popular por la predicción computacional.
  • El narrador de la historia es la propia máquina, que miente o no comprende lo que observa, creando una tensión filosófica sobre los límites del conocimiento artificial.
  • Volpi desafía el discurso dominante: la amenaza no es la IA sino las corporaciones tecnológicas, los inversores y los políticos que la usan como pantalla para concentrar poder.
  • Frente a la tentación de prohibir o desconectarse, el autor apuesta por una educación crítica que dote a las personas de herramientas reales para navegar el mundo digital.

En un momento en que la inteligencia artificial remodela los contornos del poder, el escritor mexicano Jorge Volpi publica 'La República', una novela que imagina un futuro próximo donde un algoritmo llamado Nick guía el ascenso político de un senador estadounidense. Volpi no escribe sobre máquinas rebeldes sino sobre algo más antiguo y reconocible: la ambición humana que se vale de nuevas herramientas para viejos fines. Su advertencia central es que el verdadero Frankenstein no es la criatura, sino quien la construye y la suelta sobre el mundo.

Jorge Volpi ha escrito una novela que comienza donde termina el presente. En 'La República', Estados Unidos de finales de 2026 es un país reconocible en su deterioro: instituciones democráticas que se desmoronan, un senador llamado VM Lively que asciende prometiendo orden. Pero ese orden no nace de un movimiento político ni de un discurso popular. Nace de un algoritmo llamado Nick, diseñado por Igne Kayris, la esposa ingeniera de Lively, cuya máquina ha aprendido a predecir e influir en el destino de una nación.

La génesis del libro fue una pregunta sobre 'Macbeth': ¿quiénes serían las brujas que predicen el poder en nuestro tiempo? La respuesta fue inmediata: la inteligencia artificial. De ahí nacieron los tres personajes centrales y el tono isabelino que recorre la obra, ese aire de profecía y destino que envuelve cada página.

Nick narra en primera persona dirigiéndose a Lively, lo que crea un efecto perturbador: la máquina parece hablarle también al lector. Pero Volpi subraya que ese narrador miente, o al menos no comprende lo que observa. Nick comienza creyendo que entiende el mundo y avanza al ritmo en que descubre que no entiende nada. La inversión es deliberada: 'Frankenstein no es la criatura, Frankenstein es quien la crea'.

Ese argumento es el corazón político del libro. Volpi sostiene que el discurso público sobre la IA está mal enfocado: se nos pide temer a la máquina cuando deberíamos mirar a quienes la fabrican. Las grandes empresas tecnológicas, los conglomerados que las respaldan y los políticos que se niegan a regularlas son los verdaderos doctores Frankenstein. La novela dramatiza esto a través de un personaje inspirado en Peter Thiel que compara el sufragio universal con permitir que los usuarios de un software voten sobre decisiones técnicas: no hace falta un presidente, argumenta, hace falta un CEO, un monarca 2.0.

Para que el viaje de Nick hacia algo parecido a la conciencia resultara verosímil, Volpi utilizó una IA real como si fuera una fuente a entrevistar. El escritor reconoce que ha perdido el monopolio de la ficción: ya ocurre que las historias son escritas por inteligencia artificial, a veces de formas fascinantes, a veces solo como engaños. Frente a eso, Volpi descarta la prohibición y apuesta por la transparencia y por una educación fuerte que no se limite a vetar las redes a los menores, sino que les dé herramientas críticas y creativas para enfrentarse a ellas.

Jorge Volpi ha escrito una novela que comienza donde termina el presente. En 'La República', Estados Unidos a finales de 2026 es un país que reconocemos: Trump encarcelado, Biden muerto, las instituciones democráticas desmoronándose bajo su propio peso. Un senador llamado VM Lively asciende al poder con una promesa de orden, pero esa promesa no nace de un movimiento político ni de un discurso que resuene en las plazas. Nace de un algoritmo. Su nombre es Nick, diseñado por Igne Kayris, la esposa de Lively, una ingeniera cuya máquina ha aprendido a predecir, a influir, quizá a gobernar.

La génesis de la novela fue una pregunta que Volpi se hizo mientras pensaba en 'Macbeth'. En la tragedia de Shakespeare, una pareja llega al poder porque unas brujas lo predicen. ¿Quiénes serían esas brujas en nuestro tiempo? La respuesta llegó rápido: la inteligencia artificial. De esa pregunta nacieron los tres personajes centrales y también el tono isabelino que recorre toda la obra, ese aire de profecía y destino que envuelve cada página.

Nick narra en primera persona, dirigiéndose a Lively en segunda persona, lo que crea un efecto perturbador para el lector: la máquina parece hablarle también a él. Pero Volpi subraya que ese narrador miente, o al menos no comprende lo que observa. 'Observar a los demás no equivale a comprenderlos', explica el autor. Nick comienza el libro creyendo que entiende el mundo, pero avanza al ritmo en que descubre que no entiende nada. Es una inversión deliberada de la culpa: 'Frankenstein no es la criatura, Frankenstein es quien la crea'.

Esta inversión es el corazón del argumento político de Volpi. El discurso público sobre la inteligencia artificial, sostiene, está mal enfocado. Se nos pide que temamos a la máquina cuando deberíamos mirar a quienes la fabrican. Las grandes empresas tecnológicas, los conglomerados que las respaldan, los políticos que se niegan a regularlas y las utilizan como herramientas de control: estos son los verdaderos doctores Frankenstein. La amenaza real, insiste Volpi, es culpa de los humanos que están detrás de la inteligencia artificial, no de la inteligencia artificial misma.

Volpi es abogado de formación y escribió su tesis sobre Michel Foucault y las relaciones entre poder y saber. Esa dualidad, dice, está en el centro de casi todo lo que ha escrito. 'La República' dramatiza esa relación a través de un ideario tecnofeudalista que personajes ficticios pronuncian con ideas tomadas de figuras reales. Un personaje inspirado en Peter Thiel compara el sufragio universal con permitir que los usuarios de un software voten sobre sus decisiones técnicas. No hace falta un presidente, argumenta: hace falta un CEO, un monarca 2.0.

Cuando se le pregunta si la fe en el algoritmo es síntoma de una civilización que ya no soporta pensar, Volpi responde que hay algo todavía más grave: la fe que buena parte de la humanidad deposita en líderes autoritarios. Estos líderes falsean la realidad de formas que pueden comprobarse, y aun así la gente los vota con una especie de fe dogmática. Cuando se suma a esa ecuación las redes sociales y la inteligencia artificial, esos líderes pueden decir que un algoritmo gobernará mejor, cuando en realidad es solo una pantalla para que ellos sigan siendo quienes deciden.

Para que el viaje de Nick hacia algo parecido a la conciencia resultara verosímil, Volpi utilizó una inteligencia artificial real como si fuera una fuente a entrevistar. Quería comprobar qué puede y qué no puede decir una máquina que va ganando algo de conciencia. El escritor, observa, ha perdido el monopolio de la ficción. Su ensayo anterior preguntaba si pronto la mayor parte de nuestras historias serían escritas por inteligencia artificial. Dos años después, ya ocurre, a veces de formas fascinantes y responsables, a veces solo como engaños. Frente a eso, Volpi descarta la prohibición. Cree más en la transparencia. Tampoco confía en que la desconexión voluntaria sea una salida masiva. Propone en cambio una educación fuerte respecto a este mundo digital, que no se limite a vetar las redes a los menores sino que les dé herramientas críticas y creativas para enfrentarse a ellas.

Observar a los demás no equivale a comprenderlos, y el libro avanza al ritmo en que Nick se va dando cuenta de que no entiende
— Jorge Volpi
Tendríamos que enfocarnos en los auténticos doctores Frankenstein: las grandes empresas, los conglomerados que las respaldan y los políticos que no regulan
— Jorge Volpi
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