En la Florida de 2026, donde la polarización ha convertido el diálogo público en campo minado, el demócrata David Jolly decidió que debatir con su rival republicano Byron Donalds no era un acto cívico posible, sino una trampa retórica. En menos de una semana pasó de defender los debates como derecho de los votantes a rechazarlos con la sentencia de que no se puede debatir con un mentiroso. Este giro revela algo más profundo que una disputa de calendario: la erosión de los espacios compartidos donde la democracia se practica cara a cara.