Durante cuatro meses consecutivos, Japón ha registrado déficits en su balanza comercial, acumulando en agosto de 2026 un saldo negativo de 1,1 billones de yenes —más de 6.000 millones de euros—, impulsado por el encarecimiento sostenido del petróleo en los mercados globales. Para una nación cuya prosperidad ha dependido históricamente de exportar más de lo que importa, esta racha representa algo más que una anomalía estadística: es el reflejo de una vulnerabilidad estructural ante los shocks energéticos externos. La pregunta que se abre ante Tokio —y ante otras economías importadoras de crudo—